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SU BOCA BUSCÓ LA OREJA de Cezary Novek

  • hace 3 días
  • 23 min de lectura

Profesor en Comunicación Social (UNC). Docente y periodista freelance. Coautor de El vaso ruso. Verdad, compromiso y batahola (2010) y Letra muerta. Una novela en la argentina postapocalíptica (2012). Autor de Ropa Sucia (2011), Los colores que no vemos (2015), La configuración del silencio (2018/2022), Alguien te busca (2021), El veneno siempre está al final (2021) y Esto no va a quedar así (2025). Colaboró con los diarios Marcha Noticias, Hoy Día Córdoba, La voz del Interior además de las revistas Deodoro, Matices, La Central, Lembra y Solo Tempestad. Participó en diversas antologías. Junto a Mateo Giménez lleva la columna de cine por IG El monstruo está vivo, en la que analizan películas clásicas y contemporáneas del género fantástico y de terror.



***



I


Un giro inesperado en la investigación: Un sospechoso detenido por la desaparición

del empresario


Coronel Prósperi, Buenos Aires - Un sospechoso ha sido detenido en relación

con la misteriosa desaparición de Héctor Hugo Juárez, el abogado y

empresario de 45 años, de quien no se tiene rastro desde el sábado 1° de este

mes. El arresto de Pablo Silva, un joven de 23 años, desocupado, se llevó a

cabo ayer por la tarde. Actualmente, se encuentra bajo custodia en la comisaría

de Tnte. Coronel Prósperi.


Las circunstancias de la desaparición de Juárez eran hasta ahora

confusas. Según la versión de su esposa, Daniela Juárez, él habría viajado a

Villa Basel, una localidad remota a casi 80 kilómetros de Coronel Prósperi, por

motivos personales. La mujer, que asegura que su marido disfruta de conocer

pueblos del interior para relajarse, fue la última en tener noticias de él.


Un encuentro en la ruta y vínculos con la víctima


Pablo Silva fue encontrado por la policía de Coronel Prósperi mientras

caminaba por la ruta al atardecer del día de ayer. Al ver a los oficiales, Silva les

suplicó a los uniformados que lo llevaran, afirmando que se había perdido y

venía caminando desde Villa Basel.


La detención de Silva se basa en la sospecha de que podría estar

involucrado en el caso, ya que se supo que recientemente se desvinculó en

malos términos de Madecor S.A., una de las empresas de Juárez. Además, la

principal evidencia que pesa sobre él es su presencia en Villa Basel en la

misma fecha en que se perdió el rastro del empresario.


Un pueblo sin atractivo turístico


Las fuentes extraoficiales señalan que el detenido se encuentra en un estado

de "fuerte shock traumático". La policía no ha hecho declaraciones amplíen

esta información y se ha negado el permiso a los medios para que entrevisten

al sospechoso.


Mientras tanto, el vehículo de Juárez sigue sin aparecer. Un dato que ha

llamado la atención de los investigadores proviene del historiador Jeremías

Jaruschovsky, autor de un libro sobre pueblos olvidados de la provincia de

Buenos Aires. Jaruschovsky declaró que Villa Basel "no despierta ningún tipo

de interés histórico", lo que hace poco probable que Juárez y Silva se

encontraran casualmente allí.


Según el historiador, Villa Basel es un pueblo casi incomunicado, y,

aunque aún hay habitantes, la actividad es mínima. El pueblo, conocido por la

"tradición de la siesta llevada al extremo", es difícil de acceder. Estos detalles,

sumados a la tensa relación laboral entre el detenido y el desaparecido,

complican la versión inicial del viaje de Juárez.


II


Eckel abrió la puerta y se quedó pasmado al ver un sujeto cubierto de

excrementos que lo desafiaba con su inmunda mirada.

—¿Puedo bañarme? —dijo, cambiando su expresión desencajada por

otra más humilde, suplicante.

— ¡Scheisse!

Y le hizo señas para que entrara.

La vivienda apestaba casi tanto como el visitante desconocido. Por todas

partes había comida en diferentes estados de descomposición; manchas de

humedad trepaban las paredes de forma insolente; el moho crecía como barba

de todos los objetos; el polvillo y las pelusas parecían una vegetación

ensañada con hacer desaparecer las formas bajo una apariencia negra y

amorfa. La ropa sucia, colgando caóticamente de cuanta arista o saliente

hubiera en el cuarto principal, era el detalle morfológico que terminaba por

convertir el aspecto de la casa en algo parecido a una mazmorra medieval.

Eckel —este parecía ser el nombre del alemán, ya que así estaba

pintado en la puerta de la casa— no parecía corresponder a ese sitio. De la

misma manera que lo haría un mate en la mesa de un chino. Su higiene

personal no podía hablar ni a favor ni en contra de la limpieza. “Pero parece

que vive aquí”— pensó el visitante cubierto de excrementos. La suciedad de

Eckel era algo que parecía pertenecer a su mundo interior. Su mirada, casi

idiota, con esos ojos celestes y acuosos, ocultaba con celos una astucia que no

es de fiar. Era completamente calvo y llevaba la cara impecablemente afeitada;

sus cejas eran prácticamente inexistentes. Cualquiera podría jurar que no

crecía un solo pelo en su cuerpo de no ser por la maraña de vello rubio canoso


que asomaba con sorna por sus fosas nasales y orejas, como compitiendo por

notoriedad.

Su edad era tan incierta como su contextura física.

—¡Gott in Himmel! —y otras cosas por el estilo escupía mientras

buscaba algo con qué limpiar al visitante. Si es que era posible encontrar algo

más limpio en un lugar así.

—¿Usted vive aquí? — preguntó el visitante después de asimilar el

contraste entre dueño y casa.

— Ja, mein freund, hace… muchos… jahre alt…

—¿Sólo?

Antes de esperar la respuesta, el visitante se percató de dos cosas:

Primero, el alemán fingía no saber mucho español. Segundo, el favor de la

hospitalidad le costaría.

—Cuente, cuente… —le espetaba Eckel mientras lo empujaba con

ambos dedos índice dentro de un gran fuentón de madera, de esos que vaya a

saber cuándo se dejaron de fabricar, mientras lo llenaba con una manguera

vieja. El visitante se dio cuenta de otras dos cosas: Primero, Eckel le daba

miedo. Segundo, se sentía incapaz de mentirle a Eckel.

— ¿Conoce Villa Basel?

Eckel lo miraba con cara de buitre maligno y su única reacción se

traducía en ligeros temblores en las comisuras de sus labios imposiblemente

delgados.

—Vengo de allá —no podía mentirle a Eckel, ni siquiera romper el hielo

con una pregunta. Había que seguir.

—Si no conoce… bueno, queda… no sabría decirle bien.


Le ofreció la mano

—Héctor Hugo Juárez.

El alemán, sin corresponderle, carraspeó de una manera melosa que

daba frío; casi con satisfacción de generar ese efecto.

—Yo… bueno, tengo negocios… me va bien, sin exagerar…

Eckel acercó su cara hasta casi besarlo y se quedó quieto, mirándolo

fijamente hasta que Juárez continuó.

—Trabajo mucho, tengo dinero, algunos empleados…

El aliento dulzón y penetrante del alemán lo convenció de que no debía

detenerse.

—Bueno, trabajé mucho, vio como son las cosas… no siempre se

pueden tener las manos limpias, pero dentro de lo posible, me gané lo mío y…

—¡Scheisse! —graznó Eckel, apurándolo.

—Está bien, según ellos soy un negrero, un ladrón del fisco… mis

amigos me cubrieron siempre para poder caminar por las dos veredas según la

conveniencia del momento, claro… no hay otra forma, mi amigo…

—Gutt…

—Me tomé unos días para descansar en Villa Basel porque es un lugar

que siempre me atrajo… soy aficionado a la historia ¿Sabe? Hace rato que

tengo curiosidad, porque en los libros no hay casi nada. Vine sólo porque

quería visitar unas ruinas de la colonia y un museo de cera que hay sobre la

época… bueno, me dijeron que había un museo.

Juárez salió del fuentón y tomó una toalla hecha harapos junto con una

muda de ropa algo menos sucia que la que traía al llegar. Eckel le alcanzaba


las prendas una a una, regateando. Juárez concluyó que debía ir al meollo del

asunto.

—Fui a visitar una quinta abandonada que había pertenecido a unos

parientes políticos. Yo no soy una persona de linaje ni mucho menos. Me hice

solo. Pero esos parientes son lo único interesante que había en el árbol por

parte de un cuñado de mi tía y… en fin, dejé el auto estacionado al costado de

la entrada y estuve todo el día paseando y mirando en detalle el lugar… llegué

a un galpón de madera situado junto al molino… el molino se estaba cayendo a

pedazos y lo rodeé con cuidado… encontré un pozo negro a cielo abierto…

algo muy raro, no había en esa época… bueno, no me quiero ir por las ramas,

me quedé mirándolo y… cuando me acerqué con un palo para ver si era un

pozo de verdad o un charco de barro, resbalé…

Eckel empezó a reír. Nada de simpático había en su risa.

—Yo creí haber resbalado… caí al pozo que estaba lleno de mierda y

traté de agarrarme del borde porque tenía miedo de hundirme… empecé a

tener arcadas cuando me pegaron con un palo en la cara y sentí que me

gritaron “¿Estás cómodo? ¡No tendrías que haber salido nunca de ahí, hijo de

mil putas!”. Aunque se fue corriendo, reconocí la voz de un ex empleado que

me la tenía jurada porque nunca lo quise blanquear… un vago de mierda,

muerto de hambre… nunca pensé que se animaría a algo así…

Tomó un trago de un cognac servido por Eckel, que le hacía señas con

la mano de que continuase.

—Estuve peleando media mañana para poder salir de ahí. El hijo de

puta se había llevado mi auto… me quedé con lo puesto… lleno de mierda…

no sabía qué hacer… empecé a caminar y medio que me perdí… vi un cartel


en el camino de tierra que decía “Eckel” y me acerqué para ver si me podían

ayudar… bueno, a eso vine… a propósito ¿Usted es Eckel?

—Ja, bitte.

—¿Podría pedirle el teléfono para avisar a la policía? Prometo que le voy

a devolver generosamente el favor…

—Nein, ich habe nicht…

—¿Usted entiende todo lo que yo digo y no habla español?

Eckel no contestó

—Oiga, yo no entiendo nada de alemán que no sea “ja” o “nein”.

Eckel permaneció quieto y mudo como una estatua. Juárez transpiraba

frío. No le gustaba que lo dejen hablando solo.

—Discúlpeme, no quiero abusar de su confianza, pero quiero pedirle si

me podría alcanzar hasta el teléfono más cercano…

Le pasó varias veces la mano a Eckel por delante de los ojos para ver si

reaccionaba. Nada.

—¿Se siente bien, amigo? No quise ofenderlo, pero no sé qué hacer….

Si no tiene vehículo, necesito que me diga cómo llegar a pie al teléfono más

cercano…

Eckel se levantó, abrió la puerta de la pocilga y le dió un afiche viejo y

amarillo. Juárez tomó el papel, decía “Venancio Valtorta, Bar & Ramos

Generales. Av. Guerra s/n Km.20. Villa Basel”. Salió de la casa del alemán.

Este cerró la puerta antes de que Juárez pudiera darle las gracias por haberlo

ayudado a sacarse las heces de encima.


III


Juárez caminó unos diez kilómetros hasta cruzarse con alguien. El

desconocido manejaba un rastrojero herrumbrado y con manchas que

recordaban haber sido pintura roja. Era un viejo de pelo tan largo y

enmarañado que parecía tener vida propia. Estaba afeitado y su boca era

llamativamente ancha. La ausencia de dientes subrayaba esa anchura.

Juárez se paró en medio de la ruta.

—¡Oiga, don! ¿Me puede alcanzar hasta algún lugar con teléfono? Tuve

un problema y…

—Suba, vengo apurado.

Subió. El viejo siguió manejando por la dirección en que venía.

—¿Tiene teléfono en su casa?

—No… teléfono, no hay.

—¿Y para dónde vamos?

—Para mi casa, hijo… para mi casa.

—¿Su casa queda para este lado?

Mientras le mostraba el afiche que le dio el Eckel, Juárez perdía la

paciencia.

—No.

—¿Pero no sabe si tienen teléfono en ese bar?

—Sí, teléfono… si, tienen...

—Le prometo que si me lleva le puedo pagar bien. Me han robado, pero

cuando consiga hacer una llamada, yo puedo…

—Ahora no, joven. Es casi la hora de la siesta.

—¡Pero le puedo pagar y después duerme la siesta!


El viejo le palmeó la pierna.

—No es bueno andar paseando a la hora de la siesta por estos lados.

Cuando baje el sol de la tarde lo llevo. No se discute más.

No se discutió más en el camino.

Llegaron a la casa. En la galería destartalada que rodeaba la casa, una

mujer vieja, escuálida y muy frágil, de apariencia tranquila. Estaba sentada en

una mecedora de mimbre, sonriendo, en la galería de la entrada de la casa.

—Buenos días, señora.

—No se moleste, mi hermana es sorda y está casi ciega. Es muy raro

que se entere si es de día o de noche.

Entraron y el viejo le sirvió un plato de sopa de verduras con una copa

de ginebra. Comieron en silencio. Al terminar, el viejo le dio la mano.

—Ahora, si, Osvaldo Giampieri.

—Héctor Hugo Juárez.

—Usted parece de la capital ¿Qué lo trajo por Villa Basel?

—Soy abogado, pero me interesa la historia. Tuve unos días libres y vine

a conocer el museo de cera y una quinta de unos parientes lejanos. Tuve un

accidente… bueno, me robaron y estuve toda la mañana tratando de conseguir

un teléfono.

—¿Museo de qué?

—El museo de cera de Villa Basel.

—No hay ningún museo de nada acá.

—Pero…

—¿Quién le robó? Acá nos conocemos todos…


—No, no era de la zona… fue un ex empleado, me tenía rencor…

problemas de números… me encontró desprevenido, mirando un pozo negro a

cielo abierto y me empujó…

—Pero usted está limpio.

—Es que me socorrió un hombre, vive cerca de donde me levantó

usted… era un alemán de nombre Eckel… o de apellido… no sé bien, no habla

mucho el hombre.

—¿Eckel?

—Sí, lo vi escrito en un cartel cerca de la ruta y me asi llegué a la casa

que tenía el mismo cartel… bah… casa… no es por despreciar, pero no sé

cómo hace ese hombre para vivir así…

—¿Y usted le tocó la puerta todo cubierto de mierda?

—Sí, no sabía qué otra cosa hacer… me dejó bañarme, pidió que le

cuente todo y… cuando le pedí el teléfono me dio el afiche y me hizo salir…

—No es buen lugar el bar de Venancio, pero el único teléfono en toda la

zona está ahí… nunca supe de un tipo Eckel por acá…

—Vive en una casa vieja, medio caída a pedazos, muy sucia… cerca de

la ruta… a unos diez kilómetros en dirección contraria a donde me lo

encontré…

—No hay casas por ahí.

—¿Hace mucho que vive por la zona?

—Unos noventa años.

Juárez, admirando la vitalidad de Giampieri, pensó “Duerme en formol, el

viejo, le daba sesenta y largos… pero nunca noventa”.

—Ah, nació acá.


—No, vine de Italia como de treinta y dos años… vine a buscarla a

Constanza, mi hermana, que la habían traído engañada con trabajo… tuvo una

mala época… la pasó muy fea, por eso quedó así… es mejor no acordarse…

después pensé que sería mejor empezar acá… la Italia se estaba quedando

chica.

—O sea que usted tiene…

—Ciento doce… ciento trece… a esta edad la memoria me falla— dijo

sonriendo con esa boca ancha y desierta; los ojos claros amagaban

desaparecer bajo los pliegues de los pesados párpados

—Bueno, mi amigo, si usted me dice que no hay ningún Eckel, tendré

que creerle… aunque lo haya visto con mis propios ojos.

—Supo haber un Eckel… Friedrich Eckel… o era Hans Eckel… hace

tanto tiempo, ya ni me acuerdo… pero el tipo era bastante mayor cuando

llegué…

Juárez pensó que Giampieri era senil o mentiroso. Solo le quedaba

seguirle la corriente.

—Después murió, me imagino…

—No, se fue del pueblo... vaya a saber dónde. Mal bicho el Eckel ese…

no lo quería nadie. Pero fue hace tanto…. ¿Para qué revolver mierda de otros

tiempos?… bastante tenemos ahora…

—No vi autos en la ruta.

—Ya no va quedando nadie, todos crecen y se van lejos… o se van

muriendo, depende —otra vez la risa gelatinosa del viejo.

—Me imagino ¿Y usted tiene hijos?


—No… esperate, sí, tuve un par… pero eso fue hace mucho… los

chicos crecen, se van… hace tanto…

— Ah, es viudo.

—No, con Constanza, mi mujer… la que está en la puerta. Está sorda y

casi ciega la pobre…

— ¿No dijo que era su hermana?

—Capaz, nomás… no me extrañaría…

Rió de nuevo, socarronamente.

—Venga, duerma la siesta un rato, tengo que entrar a mi herm… eh, a

mi mujer… no es bueno que ande en la puerta a la siesta.

—¿Me dice que por acá es más seguro a la noche que a la siesta?

—Se lo aseguro, yo he visto cada cosa… pero para que le voy a

contar… mejor no revolver mierda…. ya tenemos bastante con la de ahora…

—Cuénteme un poco, me interesa el tema, por eso vine…

—La gente se pierde a veces… una vez… tenía un amigo, Paolo…

estaba rezando en la iglesia y se perdió… después volvió en sí… un tiempo

después, se perdió definitivamente y no lo pudimos encontrar… después se

perdió la inglesa… una historia muy triste la de la chica esta… Meabes se

llamaba… Dámaris Meabes… una lástima, era una chica tan linda…

—¿Qué le pasó?

—La hora de la siesta es sagrada, todo pasó a la siesta… la iglesia

después…

—¿Qué le pasó a la inglesa después?

—La iglesia se perdió, no le miento…estaba ahí y después… pero era la

misma iglesia, sólo que se había perdido…


—Pensé que hablaba de una chica inglesa.

—Sí, la chica inglesa también, eso fue lo peor, pobrecita… después de

eso, nadie sale a la siesta…prefiero no acordarme… hágame caso, duerma la

siesta y olvídese de todo… el que anda a la siesta se pierde… yo lo llevo para

lo de Venancio, aunque no es buen lugar… bueno, tiene el teléfono, claro.

La ginebra estaba haciendo efecto en Giampieri y la conversación

languidecía.

—Preferiría no dormir…si no es molestia, no tengo sueño…

—Como prefiera, yo me voy a dormir la siesta. Cuando baje el sol lo

llevo. Siéntase en su casa.

Juárez quedó sólo. Se levantó, molesto, incómodo, y se dedicó a

estudiar la casa de Giampieri, ya que había decidido no llevarle la contra con lo

de salir a la siesta. Era una casa vieja y no era lo que se dice grande, aunque

contaba con habitaciones amplias. En las paredes había pocos adornos. No

había relojes. En una estantería, Juárez encontró un viejo álbum— quizás el

único libro en toda la propiedad— y se sentó a hojearlo. La mayoría de las fotos

estaban despegadas o arruinadas. En algunas se podía ver fotos de Osvaldo y

Constanza con muchos menos años. Una foto los mostraba a ambos con unos

cuarenta, sosteniendo un bebé. En otra aparecen rozando la cincuentena,

sosteniendo otro bebé; pero el anterior no está. En una tercera, ya de sesenta y

tantos, un tercer bebé, sin los anteriores. Nunca se veía a los chicos juntos.

Había fotos de varios chicos cercanos a los diez años, pero siempre por

separado. Las fotos parecían muy antiguas. Quizás no mentía respecto a la

edad. Juárez notó otra cosa: Osvaldo y Constanza tenían gran parecido físico

cuando eran jóvenes. “A lo mejor son hermanos, la gente de pueblo es medio


mentirosa”, pensó. Siguió hojeando el álbum. Vio algunas fotos grupales, en

fiestas donde estaban todos los vecinos. En una de ellas vio una cara

conocida: Eckel. No tenía fecha, pero la foto podría ser tranquilamente de

1915.

—Juárezzz…

Un frío de muerte le subió por las piernas. Casi se orina encima.

—Juárezzz…

Se levantó rápido y de un salto llegó a la puerta, cuando sintió un tirón

de la manga.

—Juárezzz…

Constanza, doblada por el peso de los años o de la escoliosis, le sonreía con

una expresión boba, arremangando los labios lo más que podía, mientras no

dejaba de repetir:

—Juárezzz…

—Vamos, lo voy a llevar al pueblo— Interrumpió Giampieri.

—Su mujer… ¿Sabe mi nombre?

—Dijo “Ajuares”. Siempre le gusta hablar de ajuares de novia y esas

pavadas de mujeres. Vamos, que ya es hora ¿No estaba apurado?

Subieron al rastrojero, dejando atrás a la casa. En la puerta, Constanza

seguía gimiendo con una sonrisa:

—Juárezzz…


IV


Había pasado de las seis y media de la tarde, cuando el más que centenario

Osvaldo Giampieri dejó a Juárez en la vereda del almacén de ramos generales

y bar— era el único de toda la región— que manejaba Venancio Valtorta. Ante

la negativa de Giampieri por entrar al bar (“Es mal lugar”, dijo durante todo el

viaje), Juárez tuvo que entrar solo.

Dentro del bar-almacén, había un aire tan espesamente viciado que

daba la impresión de ser untable en el desayuno. Estanterías altas hasta el

techo, repletas de productos que resultaban anacrónicos incluso hasta para un

pueblo. Un mostrador que a un adulto le llegaría al pecho ostentaba dulces en

lata, soda y cerveza en garrafas, tachos con manteca o con pickles… todo lo

que había allí prometía una muerte segura en caso de tener hambre. Había dos

mesas. Una, vacía. En la otra había tres tipos jugando a las cartas.

Se acercó al mostrador y esperó.

Nada.

Palmeó. Chistó. Llamó por su nombre al dueño. Nada.

Se acercó a la mesa donde estaban los tres tipos jugando a los naipes.

Los miró uno por uno. El primero, muy flaco, alto y de piel gris pálida. El

segundo, casi enano, con una cabeza enorme y de lacios cabellos

despeinados; un rictus vil y codicioso le torcía la boca a un costado. El tercero

llevaba una casaca como de inmigrante con el cuello subido. Tenía un gorro de

lana y la cara más inexpresiva que Juárez vió en su vida. De sus mangas

asomaban trapos sucios y raídos.

—Buenas noches, disculpen que los moleste…

Los tres se dieron vuelta y le clavaron los ojos al unísono.

—Tuve un problema y me dijeron que hay un teléfono acá…


Los tres se miraron.

—Estoy buscando a Venancio Valtorta, el dueño del bar ¿Salió? ¿No

saben cuándo vuelve?

—Salir es una forma de decir —dijo el enano.

—Como salir, salir… está medio difícil salir —habló el alto esta vez.

—O sea que no ha ido lejos. Bien. Lo voy a esperar.

Juárez estaba cansado. No veía la hora de irse a su casa.

—Como lejos, lejos, no diría yo —el alto de nuevo.

—No es necesario alejarse para salir —dijo el enano.

—Puede estar lejos sin estar afuera —dijo el alto.

—O irse para siempre, sin ir más lejos —cerró el enano.

Se rieron entre dientes. El de la cara inexpresiva levantó la mano para

callar a sus compañeros de juego y le señaló el mostrador a Juárez. Miró al

mostrador. Nada. El de la cara inexpresiva le hizo señas de que se fije bien,

que mire detrás. Juárez se acercó más, miró detrás del mostrador.

—¿Venancio? ¿Venancio Valtorta?

—Técnicamente —dijo el enano.

Lo que había detrás del mostrador era un anciano raquítico, sentado en

una silla, atado de torso y manos para no caerse, la cabeza apuntando al

techo. Una sonda salía de su nariz para enroscarse por la parte de atrás de su

silla como una serpiente maligna. Los ojos miraban hacia un lado, hacia el otro,

hacia arriba, hacia abajo.

—¿Él es Venancio?

—Sí —dijeron los de la mesa.

—¿Y quién atiende el bar?


—La albina, la hija. Pero no está.

—¿Cómo puedo hacer para llamarla? Necesito usar el teléfono.

—Necesita llamar para llamar —le dijo el enano al alto.

—¿Qué teléfono? —el alto.

—Me dijeron que el único teléfono de la zona estaba en el bar de

Venancio.

—Ah, ése— dijo el alto, señalando un rincón del almacén que estaba en

penumbras.

Juárez se acercó y vio una caja en la pared con un teléfono viejísimo,

lleno de telarañas, parecía más una reliquia de museo que un aparato

funcional. Levantó el tubo. Nada.

—Pero este teléfono no anda.

—¿Quién le dijo que andaba? —contestó el enano.

—Me dijeron que había un teléfono.

—¿Les preguntó si andaba o no?

—No pude, no me dejaron.

—¿A quién le preguntó? —el de la cara inexpresiva como una pared. De

verdad parecía que el hombre fuese una estatua.

—A Giampieri.

—Ese viejo mentiroso —el enano subía el tono— ¡Y todavía quiere

hacernos creer que está casado!

—Y todos sabemos que no — murmuró el alto.

—Pero si es…

—¿A quién más le preguntó? —el de la cara de piedra.


—Eckel. No hablaba castellano, pero cuando le dije del teléfono, me

mandó para acá.

Los tres se miraron.

—El hombre que prometió Eckel —dijo el enano.


V


—Siéntese, Juárez —dijo el de la cara inexpresiva.

Juárez, sin saber qué hacer, obedeció.

—Este es el flaco Pastor y este es Jorge, el petiso; yo… me dicen el

Ruso.

—Me estaban esperando.

—Eckel ayuda a quien toca a su puerta, pero no lo hace gratis.

—Y tenés un trabajo pendiente —interrumpió Pastor.

—Vas a tener que ayudarnos esta noche. Luego, si todo sale bien, te

podés ir —sentenció el Ruso.

—Yo no le firmé nada a Eckel —Juárez pasó de la abulia a la histeria—

le pedí el teléfono y me mandó por acá. Prometí pagarle después de hacer

unas llamadas y pienso cumplir, pero no dijo nada de un trabajo.

—Primero, te callás la boca porque el que está en deuda sos vos —lo

cortó en seco el Ruso. Juárez perdió por fin la calma. Era un hombre astuto y

cobarde, pero demasiados años dando órdenes no se borraban en un día.

—¡Pero si ya te dije que…!


El Ruso le puso una mano en la garganta y con los dedos le abrió la

mandíbula, apretó hasta que la lengua de Juárez asomó temblorosa. En la otra

mano tenía un cuchillo de cocina filoso. Olía a mil demonios.

—Te callás por las buenas o te callo para siempre.

Juárez asintió nervioso. El corazón galopaba. Se estaba por orinar.

—Segundo. Si Eckel te lavó la mierda que traías encima, vos tenés que

hacer lo que Eckel mande. Tercero, no cualquiera entra en la casa de Eckel y

después se va como si nada. Cuarto. Eckel fue demasiado paciente con vos.

Lo soltó. Juárez temblaba.

—¿Y qué tengo que hacer?

—Hay un perro grande que sabe andar cerca de acá a la noche. Tenés

que matarlo, abrirle la panza y sacarle una llave que tiene adentro. No te hagás

el boludo y me la traés. Tampoco trates de escaparte porque no vas a poder…

—Nadie sale si Eckel no quiere —interrumpió el enano.

—El perro lo podés encontrar cerca del cementerio, por el lado de la

plaza, al fondo, donde termina el camino de tierra y hay un portón de hierro. No

hace falta que entrés, el perro te va a encontrar.

A Juárez no le gustaba cumplir órdenes. Se había olvidado de lo que

era. Las piernas no le paraban de temblar.

—¿Y después?

—Si volvés, te vas a enterar.


VI


El cementerio de Villa Basel no estaba tan lejos como Juárez creía. A esta

altura, ya le daba más mala espina encontrarse con un vecino del pueblo que

con un fantasma. La entrada era un portón de hierro entreabierto, con tapias

bajas que iban hacia ambos lados hasta perderse en una arboleda. Lo que se

veía para el lado de adentro era maleza, un puñado de árboles y alguna que

otra lápida. No había muchas. “Pueblo de mierda ¿Quién me manda a meterme

acá?” Después “¿Y si me voy ahora? No creo que me vea nadie”.

Inmediatamente, se sintió vigilado. No por los tipos del bar, sino por otra cosa.

Prefirió no especular sobre las sensaciones.

No medió siquiera un ladrido y tenía un perro enorme, de mandíbulas

babeantes, mirada de odio, gruñéndole en la cara.

Corrió para el lado del cementerio y se agarró de la tapia, tratando de

treparse con el impulso del salto. Alzó a tiempo el pie derecho antes de que el

perrazo se lo mastique entero. Antes de bajar del otro lado, el perro le había

sacado ventaja y lo esperaba en el suelo. “El portón abierto” Pensó en un

jadeo. “¿Y ahora qué carajo hago? No me puedo ir, no me puedo quedar acá

para siempre”.

Se sentó en la tapia y casi se le resbala la mano al apoyarse. Una laja

suelta. No era la única. Estudiando la situación se dio cuenta de que había

varias lajas sueltas. No eran fáciles de arrojar por el tamaño. Pero, bien

puestas, podrían ser mortíferas. Tomó una y le tiró al medio de los ojos. El

perro se movió y le pegó de costado. Gimió. Le tiró otra a la cabeza y le erró.

El perro enloqueció y empezó a ladrar muy fuerte. Otra le pegó a la pata y se

oyó un chasquido de hueso. El perro quedó rengo. Ahora aullaba. Con algo

más de valor, agarró la más grande que encontró y la levantó en alto con las


dos manos a la altura de la cabeza, apuntando como para no fallar; pero era

demasiada pesada y perdió el equilibrio. Cayó directamente frente al perro que

había tomado carrera para atacarlo. Con una rapidez de reflejos que jamás

había conocido, levantó de nuevo la laja grande y se la tiró sobre la cabeza

aullando más alto que el mismo perro. Un gran chasquido viscoso se escuchó

esta vez y el perro se quedó quieto.

El resto del trabajo fue tan o más agotador que lo anterior. No tenía

ningún elemento cortante y se tuvo que arreglar con alguna piedra filosa,

haciendo palanca, hasta que encontró el intestino del animal y rebuscó bien.

Después de un largo rato, apareció la llave.

De vuelta al bar tiró las llaves sobre la mesa. Estaba tan cansado que

había olvidado las amenazas.

—Podrías haberte limpiado, sucio —dijo el alto.

Juárez tenía los brazos y la mayor parte del torso enchastrados con

sangre de la bestia. Parecía menos abogado que cuando tocó a la puerta de

Eckel.

—¿Puedo irme ahora?

—Ahora empezamos —Dijo el Ruso.


VII


—Atrás hay una camioneta. En la caja de la camioneta hay una escalera.

Nosotros dos vamos atrás con Jorge. Pastor conduce.

Cerca de la quinta abandonada, la casa donde empezó el día Juárez,

había una torre muy alta, más bien en ruinas. Allí se detuvo la camioneta.


—Qué raro, no había visto esa torre esta mañana.

—Se habrá perdido, como la llave —dijo Jorge, el petiso.

—Hay que subir a la torre por la pared hasta la ventana de madera que

se ve al medio. Con cuidado. No se puede bajar desde el techo y no hay por

donde entrar desde abajo. Sólo la ventana. La ventana está con llave y

tenemos que abrirla. Vos, Juárez, vas primero y abrís.

Con cuidado, fueron subiendo los cuatro. Uno por uno, entraron en la

ventana de la torre y encontraron una piecita miserable y sin puertas. Había

una cama de bronce, antigua y bastante destartalada, una mesa de madera

vieja y tosca, dos repisas desvencijadas y crujientes, un armario y un

compartimiento separado por una cortina. Olía peor que todos los olores juntos

de Villa Basel.

Mientras los tres sujetos revolvían todo con apuro, Juárez corrió la

cortina.

—¡Mierda!

El compartimiento estaba totalmente sucio con heces. En el suelo había

una palangana vieja de color rosado, rebosante de excrementos secos; aunque

la mayor parte estaba por el piso y las paredes. Larvas y cucarachas bullían

por todas partes como si el lugar hirviese. Juárez cerró la cortina.

—¡Busquen bien, no tenemos toda la noche! —decía el Ruso.

—¿Qué es lo que hay que buscar? ¿Qué mierda es todo esto?

—preguntó Juárez asqueado de ese pueblo y toda su mugre junta. Los demás

seguían revolviendo y destrozando todo. Lo ignoraban. Juárez quiso acercarse

a la ventana. El Ruso se le puso entre medio.


—¿Qué hace falta para terminar? ¿Qué más quieren? —le dijo al Ruso

al borde del llanto. Juárez parecía una adolescente histérica, pero su instinto

cobarde no le permitió ir más allá de eso.

El más alto le pega una patada al armario y abre la puerta. Una chica

cae al piso gimiendo de dolor. Es rubia y relativamente joven. Está envuelta en

frazadas, sucia y llena de costras. El pelo le tapa la cara.

—Miren lo que tenemos acá —dijo Pastor levantándola por el pelo—

Parece que vamos a cobrar un adelanto…

Cuando Pastor quiso bajar los pantalones, el Ruso lo embistió de frente.

Lo tomó por la cintura con los brazos, lo alzó y lo tiró por la ventana. Los demás

se quedaron congelados. Pastor apenas llegó a gritar. Segundos después,

oyeron el estampido viscoso.

—¿Qué hiciste, loco de mierda? —dijo el enano, encarando al Ruso.

Juárez, se acercó a la chica y la empujó hacia una esquina. Ella preguntaba

“¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”. Se acurrucó contra un rincón y repitió la pregunta

cada vez más bajo, con miedo.

— Hice lo que tenía que hacer. Eckel fue muy claro. Nada de eso.

—¡Al carajo con Eckel! —el enano escupía y gritaba, pero no se

animaba a comenzar una pelea con el Ruso— ¡Me tenés las pelotas llenas vos

con eso! ¡Ya me cansé de hacerle los mandados a ese degenerado! ¡A Pastor

lo conocía desde que era chico! ¿Qué sos vos de Eckel? ¿La hembra? ¿O es

esa? —señaló a la chica que se frotaba las manos contra la cara, nerviosa.

—Callate, enano infeliz, y seguí buscando. Si te calmás, acá nada pasó

—El Ruso se dio vuelta siguió revolviendo la habitación como si nada,


pateando con bronca hasta que no quedó nada por romper. El enano se subió

disimuladamente a la mesa.

—¡Podrido de mierda! —chilló el petiso Jorge mientras saltaba sobre los

hombros del Ruso, metiéndole los dedos en los ojos, arañándolo. El Ruso

corrió hasta la ventana y sacudió bruscamente la cabeza. El enano cayó,

agarrado a la máscara y el sombrero que cubrían permanentemente la cara de

el Ruso.

—¿Esto querías? —Gritó la chica, mientras levantaba alto la palangana

rosada con excrementos.

El Ruso aspiró ruidosamente el aire frío de la noche, como si esperase

eso, y se dio la vuelta. Una cara sin labios ni nariz era todo lo que había para

mostrar. Le quedaba un ojo y el resto parecía una pared descascarada.

—¿Esto buscabas? ¡Contestame!

La chica vació la palangana en el piso y del fondo cayeron joyas,

monedas antiguas, piedras preciosas, salpicando todo y a todos con heces.

—Es todo tuyo, no me interesa. Estoy cansada de esto. Te agradezco

que me hayas defendido. Nunca me defendió nadie. Todo me lo aguanté.

Quiero que me saques de acá.

La chica se acercó al Ruso, que estaba paralizado. Juárez se puso de

rodillas, tratando de limpiar las monedas y las joyas de los excrementos. La

chica era linda, todo lo linda que podía ser alguien a pesar de las costras, la

mugre y las heces. Sus ojos eran nubes grises y muertas, ambos cruzados por

tajos en forma de cruz.

Se acercó hasta casi pegar su cara con la del Ruso, que contenía el

aliento. Ella levantó las manos a la altura de sus ojos.


—Papá me cortó los ojos porque lo vi desnudo. No le gustó que viera su

verdadera forma. Pero se olvidó de cortarme las manos.

El Ruso seguía estático. Miraba a Juárez, concentrado en juntar las

monedas, y miraba a la chica.

—Ahora puedo ver con ellas tu cara. Sos el único que me protegió.

Todos me daban dolor.

El Ruso soltó una lágrima con su único ojo. Después otra. Miró a Juárez

tratando de limpiar la mierda y miró a la chica otra vez. Y supo lo que tenía que

hacer. La chica le tocó la cara mientras se dibujaba groseramente la decepción

en la suya. Retrocedió. El, resignado, sacó el brazo por la ventana, tomó la

escalera por la punta y la empujó lejos de la ventana. Luego miró a Juárez, en

su ridícula tarea. Luego saltó. El trueno viscoso estalló por última vez esa

noche.

Juárez levantó la cabeza, corrió hasta la ventana y gritó.

—¡No! ¡Hijo de puta! ¿Y ahora cómo salgo de acá?

Las manos de la ciega le rodearon el cuello desde atrás como dos boas

hambrientas.

Su boca buscó la oreja. Lo besó y dejó escapar un suspiro:

—Juárezzz…

 
 
 

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