FANTASMA EN EL CEMENTERIO de Tim Waggoner Trad. Maximiliano Guzmán
- 6 jun
- 10 min de lectura
Tim Waggoner es un aclamado autor y educador estadounidense especializado en fantasía oscura y terror, con más de 50 novelas y múltiples colecciones de relatos publicados. Conocido por sus novelas originales y adaptaciones de medios (como Supernatural o Alien), ganó el prestigioso Premio Bram Stoker en 2021 por su guía de escritura Writing in the Dark.
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Te acercás a la reja negra de hierro forjado que se extiende entre dos construcciones de ladrillo rojo, bajas y achaparradas, que te recuerdan a torretas. El cartel de metal, atornillado en el ladrillo de la torre a tu izquierda, dice WEST BRANCH BURIAL GROUND. Venís a este lugar de vez en cuando desde que eras pibe, desde hace más de cincuenta años, y te preguntás por qué nunca habías notado ese cartel.
Apenas saliste del reconfortante aire acondicionado de tu Camry hace unos instantes, y aunque por dentro tu cuerpo aún conserva frescura, tu piel empieza a reaccionar al pesado y húmedo calor de agosto. Sentís una sensación extraña, casi anestésica, a medida que el sudor empieza a acumularse, como si tus terminaciones nerviosas estuvieran en shock por el brusco cambio del frescor al calor infernal. Te decidís: no tenés planeado quedarte mucho; no debería ser tan terrible.
Extendés la mano y apretás una de las barras de la reja. Está caliente y resbaladiza en tu mano, y de pronto te das cuenta: no tocás metal, sino pintura negra que lo recubre. Algo que hasta ahora no habías percibido.
Echás un vistazo a través de la reja y ves que el terreno se encuentra tan cuidado como siempre: el césped recortado a la perfección, sin ramas rotas ni hojas esparcidas a la vista. No tenés ni idea de quién se encarga de cuidar tan bien el lugar; jamás viste a nadie laburando por acá.
Quizás, pensás, es como si el propio lugar se ocupara de sí mismo.
La reja no está cerrada; al parecer, nunca lo ha estado. La empujás y entras sin dificultad, la reja se mueve suave y silenciosa, bien hecha, bien mantenida, o tal vez ambas. Cruzás el umbral del cementerio —o, ¿será camposanto? Siempre te confundís entre ambos. Así que, camposanto. Después de todo, ¿no es lo que dice el cartel?
Entrás al camposanto y contemplás las filas de lápidas. Estos marcadores son más chicos que en los cementerios modernos, definitivamente más diminutos que en aquel de donde recién saliste. Y, si bien puede haber menos espacio entre cada uno, existe mayor separación entre las filas.
No te apetecé mirarlas de frente, al menos no todavía, así que girás la vista hacia el monumento histórico, colocado sobre un poste al otro lado del muro. Nunca lo habías leído en serio, tan solo le habías echado un vistazo fugaz. Te preguntás por qué la placa está orientada hacia adentro en lugar de hacia afuera, para que los que pasan en auto puedan verla y se sientan tentados a detenerse y mirarla. ¿Quizás para que no se sientan tan tentados? Entonces, ¿para qué tenerla?
Lo leés, por primera vez, en su totalidad:
Camposanto Cuáquero West Branch. Erigido en 1948 en memoria de Samuel y Anna Jay Jones. El muro contiene ladrillos provenientes de la Casa de Reuniones Cuáqueras, la cual se hallaba al otro lado de la calle y estuvo en servicio activo desde 1804 hasta 1906.
Te sorprende. ¿Una casa de reuniones cuáquera frente a la calle? ¿Durante ciento dos años? Estirás el cuello para poder abarcar con la mirada todo el cartel. Ahora, al otro lado de la ruta, lo único que queda son unas casitas pequeñas y anodinas que no desentonarían en ningún barrio suburbano. Te preguntás cómo es posible haber pasado toda tu infancia en este mismo barrio y nunca haber enterado la existencia de esa vieja casa de reuniones. ¿Qué habrá pasado en 1906 para clausurar la iglesia? ¿Un incendio? ¿El desgaste del tiempo? ¿O tal vez, sus miembros simplemente llegaron al ocaso, murieron, y sus descendientes se mudaron a otro lado? No conocés ninguna otra iglesia cuáquera en la zona.
Apartás la mirada del cartel y te fijás en el sencillo edificio de madera gris que se encierra en la esquina más alejada del camposanto. Caminás hacia él, mientras el sofocante calor veraniego empieza a hacerse notar. Pensás que este lugar no tiene la atmósfera que corresponde a un cementerio. Debería estar nublado, tener un aire lúgubre, con un leve frescor en el ambiente. Te limpiás la frente con el dorso de la mano, pero el sudor es demasiado y algunos chorros se deslizan sobre las lentes de tus anteojos de sol. Considerás limpiarlos —pero finalmente decidís quitártelos— y los sostenés en la mano derecha al acercarte al edificio, como si quisieras recordarte que no pensás quedarte mucho, de lo contrario los meterías en el bolsillo de la camisa.
Los árboles —no estás seguro si son robles u olmos— parecen rendirse ante el calor; sus hojas, flácidas y secas, caen pesadamente. Las copas se mecen con una brisa que parece no llegar hasta acá. O quizás ni hay brisa, y los árboles se balancean por sí solos, te susurra la imaginación. A medias esperás sentir un escalofrío recorriéndote la espalda, como ocurría cuando eras un chiquillo. Pero hoy, simplemente, no se siente nada.
Desde algún lugar a lo lejos se oye el perezoso zumbido de las cigarras.
Seguís caminando hacia el edificio, cuidando de no pisar ninguna tumba, no sea que, en tono de broma, le hagas estremecer a alguno del pasado. El edificio es una estructura sencilla: cuatro paredes y un techo inclinado, construido con troncos rústicos y marcados por el tiempo. Tiene dos ventanales, sin adornos ni cortinas, con marcos de madera pintados de blanco de la forma más austera. El de la izquierda muestra una grieta en uno de sus cristales. A través del vidrio sólo podés ver negrura, como si el edificio estuviera repleto de sombra sólida, pero sabés que es sólo un truco de la luz.
La madera de la puerta gris, sin ningún rasgo particular, empieza a desfilar en diminutos hilos, como si estuviese tejida con alguna tela extraña. En ese costado se encuentra otro monumento histórico, fijado en la pared:
Casa de Reuniones Cuáqueras de 1804. Para conmemorar la primera iglesia erigida en Baker Township, condado de Poss, Ohio. Esta réplica en troncos fue construida en 1972 por el Club 4‑H de Baker Township y las camp fire girls del área de Greenfield.
Esa placa ya la habías leído antes. Se la leías en voz alta a tus sobrinos gemelos la primera vez que los llevaste acá, hace más de veinte años. No debían tener más de cuatro, y ambos temblaban de miedo ante la idea de ingresar a la casa de reuniones, así que vos entraste primero, para revisar si había fantasmas, contabas. Los pibes te miraban con ojos abiertos, entre el miedo y el deleite. Y después, al salir y pronunciar solemnemente “No hay fantasmas”, ellos repetían la frase, embobados. El resto del día la coreaban a todo pulmón a quien se les acercaba.
Los pibes ya se graduaron hace tiempo, y no los ves mucho, casi solo en ocasiones especiales, como hoy. Esta mañana se veían tan hechos, que apenas los reconociste. Sabés que suena a cliché, pero no podés evitar preguntarte adónde se fue el tiempo. Capaz se quedó acá, pensás. Al fin y al cabo, el tiempo tiene que ir a parar a algún lado cuando se acaba. ¿Por qué no acá?
Agarrás el picaporte de metal oxidado y empujás la puerta. No cede fácilmente y te das cuenta de que hace años que nadie se adentró acá. Entrás a la casa de reuniones—no, a la réplica—y descubrís que, pese al calor de afuera, el aire viciado en este lugar es casi fresco.
Llega la luz suficiente que se cuela por las ventanas para poder ver, aunque no haya mucho que observar. Media docena de bancas chapuceras, fabricadas con troncos partidos para asientos y tablas de dos por cuatro como patas, se disponen en el espacio, junto con un atril al frente. El piso está cubierto de una mezcla de polvo, tierra y ramitas. Alzás la mirada, esperando a medias divisar algún murciélago colgando de las vigas, pero no aparece nada. Sólo un pequeño nido, seco y frágil, de avispas de papel negro.
Te preguntás si acaso alguien usó de verdad este salón de reuniones para oficiar un servicio, o si no es solamente un atractivo turístico de cementerios. Quizás los espíritus que solían asistir a la iglesia al otro lado de la calle se congreguen hoy acá para adorar, o para lo que a los difuntos les ocupe hacer. O tal vez esto no sea una réplica en absoluto. Quizás se trate del mismo salón de la iglesia de enfrente, trasladado al momento en que dejó de tener utilidad.
Tu imaginación vuelve a intervenir. Solo fue un proyecto que se les ocurrió a unos chicos del 4‑H —o, más bien, a algún adulto al mando—. ¿Y qué si las sombras amontonadas en las esquinas parecen demasiado densas, demasiado oscuras? No son más que sombras. Salís y, al salir, cerrás la puerta tras de vos.
Rodeás el edificio y, junto a la reja de alambre que funciona como muro trasero del camposanto, se alza un viejo árbol —¿un roble? — y, apoyadas contra su tronco en la base, descansan tres pequeñas lápidas, cuyas superficies, lisas y desdibujadas por el tiempo y los embates de los elementos, han perdido para siempre las leyendas que un día pudieron guardar. La piedra luce de un verde vibrante; quizás se trate de musgo, o de algún tipo de moho.
Te preguntás por qué están esas lápidas acá. ¿Será que las puso quien —o lo que sea— se encarga de cuidar el camposanto? ¿Cayeron solas o fueron derribadas por chicos? Vos y tus amigos nunca empujaron ninguna de esas piedras cuando jugabais acá; siempre pensaste que era porque tus padres te habían enseñado que era re malo vandalizar. Ahora te cuestionás si no fue simplemente por miedo. Tal vez, te sugiere la imaginación, los cuerpos que marcaban esos lugares se han reducido a polvo, y sin nadie para custodiar el descanso, las piedras cayeron, perdiendo su propósito. Quizás el mismo árbol sea una especie de señal, un monumento a décadas —quizás siglos— de atenta vigilia. O tal vez, simplemente, es solo un árbol.
Continuás caminando junto a la reja, sin estar del todo preparado para mirar las tumbas. A menos de dos decenas de pies del salón de reuniones, el césped cede lugar a un círculo de tierra desnuda. Otra lápida rota yace, boca abajo, en medio del círculo, y te das cuenta de que ha sido encajada en un hueco lo suficientemente grande para que pueda adentrarse un perro de buen tamaño. Probablemente sea el agujero de una marmota. Ya viste marmotas acá antes. Uno de tus amigos de la infancia, Eric Groves, solía decir que las marmotas se alimentaban de los cuerpos enterrados en este lugar. Siempre fuiste demasiado listo para creérselo, pero de vez en cuando no podés evitar preguntarte.
Te cuestionás por qué quien se encarga de dejar el césped tan recortado no llena el agujero con tierra en lugar de taparlo con una lápida. Esa acción resulta completamente ajena al carácter de alguien que, al parecer, cuida tan bien este lugar. Probablemente sea broma de algún pibe. Pensás en retirar la piedra y ubicarla junto al árbol con las demás, pero decidís no hacerlo: hace un calor insoportable.
Caminás de largo, recordando lo divertido que habría sido si Eric Groves se hubiera lucido inventando historias para asustar a todos. Te preguntás dónde será que andará Eric ahora. La última vez supiste, era ingeniero químico viviendo en Texas. Pero eso fue hace años.
Recordás todas las cosas que vos y tus amigos solíais hacer acá: correr zigzagueando entre las lápidas, contarse cuentos de fantasmas para asustarse, y cuando caía la noche —o mejor dicho, el crepúsculo, porque ninguno se atrevía a quedarse una vez que el sol se había ido del todo—, atrapar luciérnagas o, mejor aún, jugar a “fantasma en el cementerio”.
Ni siquiera estás seguro de recordar bien las reglas del juego. Era alguna versión del “la mancha”, en la que el que “la llevaba” era el fantasma, y cada vez que éste tocaba a alguien, ese pibe tenía que caerse y quedarse inmóvil, con los ojos cerrados. La última persona en ser tocada se convertía en el nuevo fantasma. O algo en esa línea. Recordás lo divertido que era jugar en la oscuridad total, porque era más difícil atrapar a alguien y, además, siempre existía el riesgo de tropezar con los “muertos”. Pero jugar en un cementerio real le añadía al juego una emoción especial que más que compensaba jugar al crepúsculo.
En aquel entonces te preguntabas si los espíritus en las tumbas, sobre los que corrían riendo y gritándose bromas, se enojaban por el alboroto. Ahora pensás que probablemente los extrañen. Y vos, seguro, también lo sentís.
¡Dios, pero te sentís viejo!
Te detenés bajo un árbol —¿un olmo? — y te volvé a limpiar la frente, pero apenas consigues esparcir el sudor. Dejaste de fumar a los veintiún, pero ahora te encantaría prenderte un cigarrillo, aunque sabés que fumar sólo te haría sentir aún más calor. Esta mañana, también hubieras deseado tener uno, al ver cómo bajaban el ataúd de tu padre en un cementerio mucho más grande y bonachón, al otro lado de la ciudad.
Te decís que la muerte de papá fue, en cierto modo, una bendición, porque al menos lo liberó del cáncer. Y aunque te sientas culpable —después de todo, es tu padre a quien deberías estar lamentando— no podés evitar sentir que, junto a él, quedó enterrada tu propia infancia.
Tu madre murió hace seis años, a causa de una insuficiencia cardíaca congestiva, y ahora tu padre también se fue. Sos, oficial e irrevocablemente, un adulto. Un adulto que envejece, con una ex, sin hijos y sin nada que se interponga entre vos y el largo descenso hacia esa misma fosa en la que hoy se plantó a tu padre.
¿Será esa la razón por la que viniste acá después de la reunión en casa de tu hermana? ¿Para decirle adiós a tu infancia? Quizás.
Salís del amparo de la sombra y te encaminás hacia la fila de lápidas más cercana. Empezás a leer nombres y fechas: John Hoover 1760–1813 Sarah Burkett (Amada esposa y madre) 1767–1843 Absalom Mast 1869–1908 Bueno, al menos, tenés buena chance de vivir más que estos viejos. Eso es algo para reconfortarse, ¿no?
Te desplazás unas filas. Las lápidas acá son más pequeñas y están cinceladas en una piedra blanca y calcárea. Las inscripciones son, a la vez, más simples y a la vez más ornamentadas: “Wm. S. Pearson, died 1871, 5 Mon., 12 Day, Aged 37 Y.” Más allá, en otra fila, las caras de las piedras se han vuelto suaves y vacías, erosionadas año tras año por el viento, la lluvia y la nieve. Sabés perfectamente de lo que hablás.
A pesar de que vestís pantalones de vestir, te sentás en el césped bien recortado, cruzando las piernas sobre la tierra caliente, frente a las lápidas desprovistas de historia. Te cuestionás si, dentro de algunos años —no tantos como te gustaría—, tus sobrinos vendrán acá tras tu funeral para despedirse de un pedacito de su propia infancia. Ojalá hubieras sacado más tiempo para ellos cuando eran chicos, para haber hecho más cosas juntos. Pero ya es tarde.
Mientras te sentás y el sudor te empapa, te imaginas ver cómo en la cara gris-blanca y lisa de la lápida frente a vos se van formando letras, como si emergieran lentamente a través de aguas turbias. Letras que dibujan un nombre conocido. Pero es sólo tu imaginación otra vez. No hay letras, ni nombre. Sólo piedra sin rasgos.
Te ponés de pie, con las rodillas protestando de un modo que hace diez años ni te hubiera fraguado tanto.
Es hora de irse. Te espera un largo viaje de regreso a la ciudad, a ese condominio vacío y a un trabajo anodino. De vuelta a lo que, lamentablemente, llamás vida.
Y justo cuando arrancás, sentís una brisa fría rozarte la nuca, cuyo susurro seco parece decir: “¡Tag, te tocó!”. Y, la verdad, sabés que en efecto, lo sos.



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