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DERECHOS DE VISITA de Kealan Patrick Burke Trad. Cezary Novek

  • 13 jun
  • 9 min de lectura

Aclamado por BOOKLIST como «uno de los talentos más inteligentes y originales del terror contemporáneo», Kealan Patrick Burke nació y se crio en Irlanda y emigró a Estados Unidos unas semanas antes del 11-S. Desde entonces, ha escrito cinco novelas, una de ellas de terror. Desde entonces, ha escrito cinco novelas, entre ellas el popular slasher gótico sureño KIN, y más de doscientos relatos y novelas cortas, entre ellas BLANKY y THE HOUSE ON ABIGAIL LANE, ambas en fase de desarrollo para cine y televisión.


Cinco veces nominado al Premio Bram Stoker, Burke ganó el galardón en 2005 por su novela de paso a la madurez THE TURTLE BOY, el primer libro de la aclamada serie Timmy Quinn.


Como editor, dirigió las antologías NIGHT VISIONS 12, TAVERNS OF THE DEAD y QUIETLY NOW, una antología homenaje a una de las influencias de Burke, el difunto Charles L. Grant.


Más recientemente, ha completado una nueva novela, MR. STITCH, una colección de novelas titulada GUESTS, y ha adaptado SOUR CANDY como novela gráfica para la serie NIGHT TERRORS de JOHN CARPENTER.


Kealan está representado por Merrilee Heifetz en Writers House y Kassie Evashevski en Anonymous Content.


Vive en una casa encantada en Ohio con un rescate parecido a Scooby Doo llamado Red.


***




—¿Ya cenaron? —les pregunto a las niñas por el retrovisor. Las luces verdes del tablero

le dan a mi cara un matiz cadavérico.

Isabelle continúa mirando por la ventana a los compradores de regalos navideños

de última hora que apuran el paso a través de la nieve. Tiene los brazos cruzados. No

sale de su enojo. Kara, un año menor que su hermana, quizá aún alcanzó la madurez

suficiente para absorber todo el odio que su madre siente por su padre; se une a su

hermana observando las calles nevadas y los negocios que resplandecen con luces

multicolores, pero sacude la cabeza.

—¡Bueno, entonces me alegra haber dejado un pavo en el horno! —les digo. Es

una comida de microondas, pero ellas no tienen por qué saberlo, aunque estoy seguro de

que el sabor me delatará. —¿Tienen hambre?

No hay respuesta. Isabelle tiene lágrimas en los ojos. En el espejo, mi sonrisa se

ve desesperada y frágil.

Vuelvo la vista a la ruta. No debería manejar con este clima. La nieve hace que

el parabrisas parezca una pantalla de televisor con mala recepción. Siluetas entrevistas

cruzan de prisa bajo las luces, con la cabeza gacha, tan ajenas a mí como yo a ellas. Mi

atención se centra en mis hijas, que han traído el frío de esta Nochebuena hasta el

interior del auto.

—¿Están emocionadas por sus regalos?

Nuevamente, Isabelle no dice nada. Kara solo parpadea.

De algún modo logro sacar el auto de la zona comercial sin problemas. Las luces

festivas y su alegría asociada —aunque ajena— desaparecen, reemplazadas por

remolinos de nieve teñidos de rojo por las luces de freno al girar hacia nuestro... hacia

mi barrio. Aquí las casas son formas vagas, desalentadas, de ojos oscuros, agazapadas

contra el frío. Las ruedas del auto patinan un poco en el aguanieve, pero evito que mi

pequeño y maltrecho Toyota golpee el cordón de la acera y les ofrezco a las niñas una

sonrisa tranquilizadora que nin

guna de las dos ve.

Llego a mi casa, que no parece menos inhóspita que las demás, y apago el motor.

Escucho por un momento el repiqueteo de la nieve contra el parabrisas mientras intenta

borrar el mundo exterior. Escucho por un momento el aliento entrecortado de Isabelle

mientras lucha por no llorar. Escucho el sorbeo de Kara peleando valientemente contra

un resfriado.

—Muy bien, niñas... ¡ya llegamos!


Y escucho el latido errático de mi propio corazón mientras trago saliva y abro la

puerta.


—Siéntanse como en casa. Vamos. Sáquense los abrigos y las botas —les digo a

las niñas mientras cuelgo mi abrigo en el perchero junto a la puerta principal.

No parecen dispuestas a hacerlo. Solo se quedan allí paradas, viéndose

pequeñas, miserables y perdidas. Isabelle sigue de mal humor, pero por frustrante que

sea, sé que es mejor no retarla. Es uno de los muchos privilegios que perdí con la

custodia, y uno que solo exacerbaría las cosas ahora. Kara tirita a pesar del calor

sofocante del apartamento. Siempre hace calor aquí, pero hoy subí el termostato

sabiendo que las niñas vendrían conmigo. No pensé que traerlas aquí tomaría tanto

tiempo.

Sacudo la nieve de mis zapatos y les ofrezco sonrisas tranquilizadoras, aunque

me duele el corazón verlas tan juntas, como si buscaran consuelo ante una amenaza

terrible. Cada noche revivo los cálidos y preciados recuerdos de sus rostros

iluminándose al verme llegar del trabajo, especialmente en Nochebuena, con los brazos

cargados de regalos que yo fingía que no eran para ellas. Recuerdo su aroma limpio

cuando me abrazaban, la suavidad de sus labios contra mi mejilla, la risa, la alegría.

El amor.

—Muy bien —digo, frotándome fuerte las manos y pasando junto a ellas hacia

la cocina. —Fuera esos abrigos o terminarán más asadas que el pavo. Pondré la cena en

la mesa y comeremos. Y después, podemos intercambiar regalos.

Al abrir la heladera, hago una mueca. Usar la palabra "intercambiar" fue por

costumbre. Obviamente que ellas no tienen regalos para mí, ni debería haberlo

esperado. Les prometí regalos la Navidad pasada y en sus cumpleaños, y lo olvidé en

cada ocasión gracias a la autocompasión y a una botella con nombre de hombre en la

etiqueta. Así que esperaba recelo y duda. Esperaba incomodidad. Lo que no esperaba,

sin embargo, era miedo, desconfianza y frialdad.

—Lo que quiero decir es —les digo, sacando tres cenas de microondas de la

heladera y cerrando la puerta con la rodilla —, que pueden abrir los regalos que les

compré. El frío de las cajas se siente como el cielo en mis dedos callosos. Dejo las

comidas junto al microondas y me giro para mirar a las niñas. —¡Vengan aquí!

¡Siéntense! No muerdo.

No se mueven. Solo siguen mirándome con los ojos húmedos. Noto, sin

embargo, que se han acercado más. La mano de Kara ha encontrado su lugar en el hueco

del brazo de su hermana. Isabelle tiene sus manos enguantadas metidas en los bolsillos.

Ambas tienen todavía las capuchas puestas.

Vuelvo a las comidas. Quizá el olor de la comida las incite a acompañarme.


—No es tan elegante como las cenas que hace su mamá —explico mientras

programo el temporizador —. Pero creo que les gustará. El secreto es mucha salsa.

—Me río para mis adentros para no romper a llorar.

Pasó más de un año desde la última vez que vi a mis hijas. Un año es mucho

tiempo para ser difamado por una exesposa que te odia. Y ella tiene todo el derecho de

odiarme. Yo era un borracho, y un violento; y sí, la lastimé más de una vez. A veces,

físicamente. A menudo, emocionalmente. Pero nunca lastimé a nuestras hijas. Nunca

hice nada más que amarlas, y me enoja ver lo que ella les ha hecho.

Me giro de nuevo para mirar a mis niñas. Siguen allí paradas, observando.

—Chicas, quiero que vengan aquí. Quiero que vengan y se sienten.

No lo hacen.

Intento medir mi tono, pero cada vez es más difícil. Me miran como si fuera

algún tipo de monstruo. Quizá lo fui, alguna vez, pero nunca con ellas. Jamás. Ella no

tiene derecho a hacerlas pensar así de mí, y ellas no tienen derecho a creerlo.

—Isabelle... Kara... no voy a pedirlo otra vez. Por favor, vengan y siéntense para

que pueda hablar con ustedes. No están siendo muy amables conmigo al tratarme así.

El labio inferior de Kara tiembla. Una lágrima resbala por la mejilla de Isabelle.

Empiezo a temblar. —Isabelle... ¿por qué llorás? No te hice nada, ¿no? Pensé

que solo íbamos a compartir un rato juntos por Navidad. Pensé que íbamos a tener una

cena de Nochebuena agradable y...

—Quiero a mami —gime Kara, y ahora ella también está llorando.

—¿Qué? —Oí lo que dijo, pero no quiero haberlo oído. Es un dedo frío contra

mi corazón, un puño cerrado en mi garganta. No quiero que quieran a su madre. Solo

por una vez, solo por un ratito, quiero que me quieran a mí.

La nieve golpea las ventanas. El viento gime en los aleros. Una sinfonía de

soledad que nunca tendrá motivo para cambiar.

—Está bien, está bien —digo, y levanto las manos. Fuerzo una sonrisa.

—Primero los regalos, después la cena, y luego las llevaré a casa, ¿qué les parece?

—Me voy a la sala de estar, resistiendo el impulso de agarrar a mis hijas al pasar junto a

ellas y sacarles a sacudidas la sensatez que su madre les ha contaminado.

—No queremos regalos —solloza Isabelle. —Queremos volver con mami.

Junto al árbol de aspecto miserable, que rescaté a escondidas de la pila de

desechos en la parte trasera del lote de Carson, siento que mis músculos se tensan y

trago saliva para aclararme la garganta. —Estás siendo tonta. A todos los niños les

encantan los regalos. Solo espera a que veas lo que les compr...


—Queremos a mami ahora. Llevanos a casa —dice Isabelle. —No debiste

traernos aquí. No debiste llevarnos.

Bañado por el resplandor sulfúrico de las luces baratas que he colgado

caóticamente alrededor de las ramas desvencijadas del árbol, me muerdo el labio y

caigo de rodillas. Solo hay dos regalos allí, pero representan tres semanas de horas

extras y, lo que es peor, tres meses de sobriedad.

—Solo esperen a que vean...

—No queremos tus regalos de mierda —grita Isabelle, y da un pisotón en el

suelo, sobresaltándome. —Queremos ir a casa con mami, ahora.

No puedo moverme. Estoy de rodillas con las manos sobre su regalo, y no puedo

moverme. Siento como si mis entrañas se hubieran vuelto hielo sólido y mi cerebro

fuego. El temblor empeora. Dios me ayude, quiero darle una bofetada a mi pequeña y

decirle que nunca más me vuelva a hablar así. Que si comprendiera lo que ha sido la

vida en este maldito departamentito sin ella, sin Kara, sin su madre y el cariño con el

que solían tratarme, perdonaría mis ofensas y correría a mis brazos. Aceptaría gustosa el

regalo que le compré entonces. Me aceptaría gustosa de nuevo como parte de su vida.

Le importaría.

Lloro, en silencio, mientras envuelvo el regalo. Lo estoy bloqueando de su vista

para que no pueda ver qué es. Pero eso apenas importa ahora, ¿no? Podría ser un poni,

un auto, un millón de dólares, y no importaría. Ella solo quiere a su madre.

—Es un celular —susurro, pasando un dedo por la pequeña caja rectangular —.

Uno caro. Lo compré... —Mi garganta se cierra, atrapando un sollozo. Espero. Lo

intento de nuevo. —...Lo compré y programé mi número en él para que, incluso si no

querías hablar... pudieras enviarme un mensaje de texto de vez en cuando.

Los sollozos llegan, recorriéndome en oleadas mientras aparto el regalo y busco

el de Kara. Apenas puedo verlo a través del feo caleidoscopio naranja y blanco

deslumbrante que las lágrimas han formado en mis ojos. Parpadeando furiosamente,

rompo el papel de regalo y lo arrojo a un lado con brusquedad.

—Para ti, Kara, cielo —Levanto la caja para mostrársela. Me reconforta oírla dar

un leve jadeo. —Una muñeca Sassy Sarah. El dependiente de la tienda me dijo que son

lo más genial que hay ahora mismo. —Sigo sosteniéndola un momento, esperando,

deseando que la tome. Cuando no lo hace, dejo que caiga al suelo y me pongo de pie;

mis rodillas crujen dolorosamente.

Somos un cuadro de dolor, miseria y miedo.

Las miro, buscando en sus caritas el más mínimo indicio de amor. Y no

encuentro ninguno.

—Está bien —les digo—. Vamos a llevarlas a casa. Todavía pueden llevarse los

regalos si los quieren.


No los quieren, por supuesto.


No dicen nada en el viaje de regreso con su madre, ni siquiera cuando les digo

que lamento haberlas asustado, ni siquiera cuando les digo las palabras que estuve

ensayando en mi sombrío apartamento todas las noches durante más de un año. Ni

siquiera cuando les abro la puerta del auto y les digo que espero que podamos intentarlo

de nuevo alguna vez.

No tienen nada que decir, y eso es decir suficiente.

Iluminado por los faros del auto, nuestro paso por la loma nevada sembrada de

cruces es sombrío.

—Feliz Navidad —le susurro a Isabelle, mientras deposito su cuerpo de nuevo

en su tumba. El viento congela mis lágrimas.

—Feliz Navidad —le susurro a Kara, mientras la deposito en el hoyo, que no es

tan profundo como lo cavé gracias a la nieve incesante.

Regreso al auto y saco la pala, haciendo una mueca cuando el mango roza mis

manos callosas.

Y mientras vuelvo a cubrir las tumbas de mis hijas, mis ojos se desvían hacia la

lápida junto a las suyas, a la tumba de mi esposa, y me pregunto si alguna vez me

perdonará, si tal vez ahí es donde un hombre más sabio habría comenzado. Si tal vez,

solo tal vez, algún día ella me dé otra oportunidad.

La esperanza es algo peligroso, pero sin ella, ¿qué más queda?

Me permito una pequeña sonrisa.

Ya veremos.


El día de San Valentín no está tan lejos.

 
 
 

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