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SENTENCÍA de M.J. Chavéz

  • 31 ene
  • 6 Min. de lectura

Egresada del Centro Onelio en 2016. Ganadora de una beca “Caballo de Coral”. Premio Oscar Hurtado de Ciencia Ficción y Fantasía 2021 y Mención en la edición de 2022. Mención en Narrativa y Premio Colateral de la AHS del Concurso Regino E. Boti 2023, con el libro de ciencia ficción Solo un poco de caos. Miembro de la AHS. Varios cuentos suyos han aparecido en la revista de fantasía y ciencia ficción Korad . Incluida en las recopilaciones Ariete. Antología de la más joven narrativa cubana (Editorial Guantanamera, 2018), País de Fabulaciones (Cubaliteraria, 2019) y Alta definición. Antología de cuentos inspirados en los medios de comunicación (Editorial Primigenios, 2020).



 

“Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo”

Jorge Luis Borges, La lotería en Babilonia

 

A estas alturas no logro recordar qué hice para merecer esta sentencia. Mi juicio, apenas un poco más nítido, se me confunde con los otros mil juicios en diferentes épocas y lugares que he tenido que vivir. Me presenté ante la Inquisición en España. Fui señalada por decenas de dedos en Nuremberg. Me he enfrentado a varias audiencias en Congresos y Parlamentos, en La Haya, en alguna playita tomada por militares donde mi destino estuvo sellado antes de poder defenderme. Fui Ana Bolena, fui su hermano, fui cada uno de los hombres acusados con ellos. Fui Juana de Arco. Fui Hatuey. Fui cada uno de los ahorcados en Salem, cada uno de los esclavos condenados con Espartaco, cada uno de los dictadores que ha sido ajusticiado.


Tengo breves momentos de descanso, en lo que cargan una nueva batería de recuerdos, una nueva simulación. Entonces, una voz dulce me tranquiliza, mientras manos compasivas limpian las lágrimas, el sudor, el vómito, los orines y excrementos que, inevitablemente, acaban bañando mi cuerpo exhausto. En esos breves segundos antes de la inconciencia recuerdo y maldigo el momento en que puse mi voto en la casilla del sí.


Han metido mis manos en aceite hirviendo para que la divinidad de turno decidiera si era culpable o no. Me han atado de pies y manos para lanzarme a un río, donde solo ahogarme demostraría mi inocencia. Me han asado a la parrilla y dentro de un toro de bronce, me han apedreado, enterrado viva. ¿Por qué te arrepientes?, pregunta la voz calmada. Porque voté para que esto se impusiera, le digo. Se me garantizó que era bueno. Un castigo breve y ejemplar. La imposibilidad casi absoluta de la reincidencia. ¿Y no lo hemos logrado? Si lo hubiera sabido… No pienses en eso ahora. Respira.


Y vuelta a empezar. He sufrido el escafismo, el lento suplicio del brote de bambú, el desmembramiento por cuatro caballos, el potro. Alguien me tiró al mar en un saco con cal viva. Alguna vez hicieron que me pisara un elefante. Sé lo que se siente la horca, el hacha, la silla eléctrica, la cruz. Que me abran en canal, que saquen mi corazón para comerlo ante mis ojos, que me abran la columna para sacarme los pulmones en el horrible ángel de los vikingos. He tenido que tomar cicuta, he tenido que sacar mis entrañas y enrollarlas en el tronco de un árbol. Lo conozco todo y más, y eso es apenas el alivio.


Entré aquí un 25 de junio a las tres y media de la tarde. No tengo idea de cuántos años, cuántas vidas han pasado, no logro recordar porqué se me condenó ni la duración de mi sentencia. Mis carceleros saben lo que hacen. No persiguen mi descenso absoluto a la locura, eso de nada les sirve. Solo necesitamos que entiendas el peso del crimen y lo que sucederá si lo repites, me consuela con suavidad. Ella, la voz, se llama Babilonia. Yo voté para que se instaurara, cuando todavía era una ciudadana libre y ejemplar. Cuando ni siquiera sospechaba que habría un juicio y una sentencia. Respira.


El castigo es el fin de todo, el descanso. Lo peor es ser inocente y saber que me persiguen, que me llevan a la muerte y la vergüenza sin merecerlo. O no. Lo peor es ser culpable y saber que lo merezco. Una parte de mí sigue viva y juzga. Se asquea, mientras mira impotente cómo una mano que en este instante es mía levanta el arma, hunde la cabeza bajo el agua hasta que cesan las burbujas, empuja, aplasta, viola, hiere, tortura, quema, envenena, conspira, firma la orden que eliminará del mapa una ciudad entera, aprieta el botón que hace estallar la bomba, sobrevuela el cráter tras el estallido. Luego, la paranoia: tras cada esquina está aquel que me hará pagar. En todos casos, la culpa.


¿Acaso mi delito es tan terrible como para merecer esto? Todos los delitos se juzgan igual, responde Babilonia. Cada infracción constituye un ataque al entramado social en su conjunto. Nada es demasiado pequeño.


El verdugo hunde mi cuerpo en un tonel de vino. Arden mis ojos, mis pulmones, busco el aire que se niega a entrar a mi cuerpo, pasa por mi mente el rostro del rey débil y embrutecido al que estrangulé una noche de luna nueva. Esa es otra parte cruel. Los rostros. ¿Es que lo último que vamos a ver es la cara de los que dañamos? Suele pasar, responde la voz, y sé que este módulo ha terminado y toca una pausa. Tomo una profunda bocanada de aire que duele tanto como la muerte misma. Siento que mojan mis labios con algo húmedo. No puedo ver las caras de los que me asisten.


Me pregunto qué sucederá cuando salga de aquí. Las pesadillas vendrán cuando menos te lo esperes. Incluso aunque estés haciéndolo todo bien. Una batería de recuerdos muy breve, disimulada para que responda a la lógica del sueño. Te ayudará a recordar. No creo que lo resista. ¿Crees que podrías herirte a ti misma? Estoy segura de que no sería la primera. No. ¿No les preocupa? Nuestro objetivo es eliminar la reincidencia. ¿Aunque haya que eliminar al reincidente? Nuestro compromiso es con la sociedad, no con el individuo. Pero ahora, respira.   


Los módulos incluyen, a veces, una mente enferma, una verdadera víctima. En esos momentos, estoy prisionera en un cuerpo que no me obedece, convulsiono hasta perder el sentido, me atormentan miles de voces que piden sangre y dolor, soy poseída por todos los demonios, hay partes de mi cuerpo que al parecer no me pertenecen, mis parientes son sustituidos por clones idénticos, soy incapaz de hacer hasta la cosa más mínima, creo que he muerto hace mucho, me es imposible dejar de llorar. Gusanos, arañas, serpientes de todo tipo salen y entran de mi cuerpo. Entidades absolutas y terribles se sienten en mi pecho, en mis hombros, sobre mi cabeza, cargándome con un peso imposible de llevar.


¿Qué tal si soy inocente? Nadie lo es. No logro recordar el delito que me trajo aquí. Eso no importa. ¿Pero qué tal si no lo cometí? Algo habrás hecho. Todos hacen algo malo alguna vez. Te dije que ningún delito es demasiado pequeño para este castigo. Eso no es justo. Tú votaste sí. ¡Cuando no sabía que me tocaría a mí! Haberlo pensado.


Llevo tanto tiempo sufriendo que ya no sé cuáles son mis manos, cuál es mi rostro. Ya no sé cuál es mi nombre, o si de veras merezco lo que me está sucediendo. Ni siquiera sé si estoy viva. Entonces, justo entonces, un rayo de luz hace que me ardan los ojos. Siento manos que me levantan en peso, me sumergen en un líquido caliente y me dejan descansar. Mi cuerpo vuelve a la vida con un dolor aplastante: cada parte, cada articulación, hasta el pelo duele. Intento enfocar la vista: hay sombras, personas, que se mueven a mi alrededor. Me dan agua a sorbitos, lavan minuciosamente mi cuerpo, me inyectan algo que cesa de golpe todos los dolores. No hay más módulos, y pienso que comienza una tortura nueva: me dejarán creer que todo ha terminado y entonces, empezarán de nuevo. Pero no sucede.


Cubren mi desnudez y me hacen caminar por un largo pasillo. Siento que estoy aprendiendo a moverme de nuevo. Mis brazos y piernas no obedecen las órdenes más sencillas, andan a su aire, entre espasmos, agujetas y debilidad. Pero es imprescindible que camine, dice una voz, y no es la de Babilonia.


Casi a rastras, alcanzo una sala que recuerdo de algún sitio. Es, si no me equivoco, el lugar donde me trajeron hace mil años, hace mil vidas, justo después de mi juicio. El reloj de pared dice que es 25 de junio, tres y cuarenta y cinco de la tarde.

 
 
 

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