LO ÚLTIMO EN IRSE de Néstor Darío Figueiras
- Néstor Darío Figueiras
- 17 ene
- 15 Min. de lectura
Néstor Darío Figueiras es un escritor, músico, productor musical e ilustrador aficionado argentino. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía

“Tenemos una especie de escritura a mano sobre la pared […] Aquí hay un problema que trasciende nuestra generación en particular: es un problema intergeneracional. Si no hacemos lo correcto ahora, habrá inconvenientes muy serios que tendrán que enfrentar nuestros hijos y nuestros nietos.”
Extracto del testimonio de Carl Sagan ante el Congreso de Estados Unidos de Norteamérica, 10 de diciembre de 1985.
“Entonces de su presencia fue enviada la mano que trazó esta escritura. Y la escritura que trazó es: MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN.”
Daniel 5:23-31 (RV 1960)
—Resulta gracioso pensar en cómo algunos se enojaron cuando surgieron las primeras IA´s ilustradoras. ¡Y después aparecieron inteligencias artificiales que hacían películas, escribían novelas y componían canciones! Claro, hubo más quejas y malestar…
Ezequiel se detuvo. Borró las últimas frases. Tenía que conseguir un tono más parejo. Por alguna razón, los matices de la agógica requerían una cantidad impensada de bits. Julia le habría aconsejado que, para evitar traspiés, pagara los servicios de un chatbot transcriptor. Y lo habría hecho con insistencia, como cuando lo había convencido de contratar a Celia, la empleada doméstica. Aunque tenía que admitir que, ahora que sus manos y brazos eran prácticamente inútiles, Celia se había vuelto indispensable.
Julia lo dejó después de que él volvió de Uparsin y le contó lo que había pasado cuando le pusieron la diadema neural para la Timelapse Full Experience. Ella, que ya había cumplido con su deber cívico asistiendo a una de las simulaciones estandarizadas de Uparsin, no le creyó. Unas semanas después se fue. Ezequiel entendió que la única forma en la que su esposa podía lidiar con la verdad era huyendo. No era fácil aceptar lo que en realidad era Uparsin.
A unos días de la separación, ya había olvidado el olor de la piel de Julia. Medio año después, solo recordaba algunos detalles: sus grandes ojos negros, en los que se reflejaba la luna llena cuando paseaban de noche en Parque Chacabuco, o su hábito de recogerse el pelo con los hashi de bambú japonés que él le había regalado. A Julia le fascinaba el sushi, pero solo usaba esos palillos para hacerse el rodete.
El problema es que, justamente, se trata de detalles, pensó Ezequiel. Esos y algunos otros pocos fragmentos eran lo único que emergía cuando quería evocarla. Por más que se esforzara, ya no podía imaginar a Julia entera. La totalidad de lo que ella significaba estaba desapareciendo. Sentía que el tiempo —o su percepción del tiempo, que, a fines prácticos, era la misma cosa— se dilataba desde que le habían puesto la diadema. Y en ese estiramiento, la memoria se le iba desgarrando y la sensación de pérdida aumentaba.
—La principal ventaja de cualquier chatbot no es la pronunciación monocorde, Ju, sino la rapidez —murmuró. Un chatbot le habría permitido grabar su relato en el biofilm de Bacillus Subtilis en cuestión de horas. Pero la crónica del antropoceno tenía que ser narrada por una voz humana, el alegato de uno de los ‘los minusválidos de la diadema’. Si bien todos concurrían a Uparsin según los turnos asignados por el gobierno, nadie atestiguaba las consecuencias del efecto invernadero como aquellos a los que les había tocado una sesión Timelapse.
—Si hubieras visto lo mismo que yo, Ju…
Entre las reminiscencias de Julia que todavía persistían había postales de su cuerpo. Aunque este se le hacía más ajeno cada vez, sabía que extrañaba sus hombros, sus caderas, su insólito ombligo abultado.
—Pero no puedo juntar los pedazos en mi mente, Ju. Por eso te hablo, como si estuvieras acá. Y hasta me invento tu parte de la conversación.
Ezequiel había aprendido que era difícil extrañar a un fantasma. Si solo se tenía una noción vaga de la presencia anhelada, entonces ya no había urgencia. Era un extrañar anestesiado en el que el deseo iba disminuyendo hasta dejar de pulsar.
Acercó el micrófono. Le dio unos golpecitos con el índice izquierdo: el input de la placa de audio era apropiado. Aumentó la intensidad de la luz de la interfaz. Cuando hablaba, fotones cuánticamente entrelazados irradiaban el pan podrido que estaba dentro de la pecera, empotrando en el ADN bacteriano la narración completa del trance por el que lo había guiado Berenice, su anfitrión durante la Timelapse. En el cultivo, las bacterias trasmitían los bits de la grabación unas a otras controlando el flujo de iones a través de sus membranas celulares. La colonia era un disco duro viviente. Y la historia que él iba almacenando en ella, la que Julia no había querido creer, sería más una denuncia que un cuento apocalíptico.
Ezequiel retomó el monólogo:
—Y después aparecieron IA’s que hacían películas, escribían novelas y componían canciones, y con ellas aumentaron las quejas y el malestar. Pero entonces una corte canadiense falló a favor de una IA en un litigio de propiedad intelectual, y las protestas cesaron. Dos o tres años después, cuando MetaX presentó al mundo su Uparsin Simulator, a las personas ya les importaba muy poco lo que hicieran o dejaran de hacer las inteligencias artificiales, aunque perdieran el empleo a causa de ellas. Así que a nadie le inquietó una IA capaz de hacer prospectivas sin margen de error.
»Ahora que todos tienen que colocarse la diadema neural al menos una vez, ya es tarde. Experimentar la devastación del mundo del mañana es una obligación ciudadana. Pero el algoritmo de MetaX solo designa a algunos pocos para las sesiones Timelapse. Aunque la selección parece aleatoria, los Títeres estamos seguros de que no es así. Ni los altos funcionarios de la ONU saben cómo la multinacional que más factura en el mundo elige a los pobres diablos que harán el peor viaje de sus vidas. Y seguro que, si alguien les preguntara, los analistas de macrodatos de la empresa tampoco podrían explicarlo. Pero, a pesar de esta y otras incertidumbres, los gobiernos no pusieron reparos cuando MetaX solicitó el acceso irrestricto a los padrones y las bases de datos de todas las redes socia…
Ezequiel se interrumpió nuevamente. Le llamó la atención un libro que estaba en la mesa, lejos de su estante. Molesto, se levantó para ponerlo en su lugar. Sorprendido, descubrió que era un ejemplar de Las torres del olvido, de George Turner, un título que no formaba parte de su biblioteca. Entonces vio el sobre abierto, debajo del tomo. Hizo un esfuerzo para desentumecer sus antebrazos y mover los dedos. (Ya se había convencido de que el tratamiento kinesiológico pagado por MetaX no serviría de nada contra la distrofia muscular que la Timelapse le había dejado como suvenir). Consiguió levantar el libro y leyó el remitente. El sobre venía de Chile. Christian, tal como había supuesto.
No la había leído, pero sabía que la novela del escritor australiano ensayaba una distopía que combinaba el colapso del capitalismo con las inundaciones causadas por el aumento del nivel del mar.
¿Cuántas veces había pedido que no se usaran libros que hablaran del cambio climático? Muchas, pero los chilenos nunca tomaban en serio sus palabras. Tarde o temprano, esa obviedad despertaría sospechas.
Abrió el libro y buscó en la hoja de cortesía: los números de página y renglón estaban escritos con lápiz. Al menos esta vez Christian había respetado el sistema de codificación.
El líder del grupo de Chile solía desoír lo acordado por la mayoría de los Títeres. Incluso había propuesto que la organización cambiara de nombre. Su moción fue rechazada, claro. Aunque ‘Títeres’ no sonaba tan revolucionario, era pertinente, ya que había surgido de John Titor, el supuesto viajero temporal de principios del siglo XX. El uso había hecho que “Títores” deviniera en “Títeres”. Y estaba bien, porque todos ellos eran títeres. De la Ecopolicía, del gobierno, de MetaX… Eran los minusválidos de la diadema.
Ezequiel creía que la leyenda urbana de Titor debía ser reconsiderada. O, por lo menos, elevada a la categoría de hiperstición, en vista de lo que ellos habían vivido. A diferencia de las simulaciones corrientes, en las Timelapse los elegidos por el algoritmo viajaban al futuro, literalmente. Uparsin los llevaba a la ruina completa de la biósfera, al tiempo en que el mundo perdería su belleza, capa tras capa, para convertirse en un erial semejante a Venus, pero cubierto de basura y desechos tóxicos. Un baldío global en el que unos pocos sobrevivientes, bestializados, rara vez saldrían a la superficie.
Uparsin era más que una IA prospectiva. Pero la mayoría —en la que se hallaba Julia— pensaba que los rumores acerca de la máquina del tiempo de MetaX eran, por lo menos, ridículos.
Sin embargo, los Títeres, que sabían la verdad, planificaban. O intentaban hacerlo, al menos. Tarde o temprano, la sociedad tendría que creer en la historia de los minusválidos de la diadema. Conspiraban enviándose libros con mensajes cifrados. Usar celulares o apps de mensajería habría sido un acto suicida: los bots de la Ecopol barrían la web sin descanso.
Ezequiel volvió a mirar el sobre rasgado. Advirtió que había otra cuestión más inquietante que la testarudez de los chilenos: ¿desde cuándo Celia revisaba su correo? Porque el envío tenía que haber llegado esa mañana, cuando él estaba en lo del kinesiólogo. ¿Sería posible que Celia…?
No, de ninguna manera. El correo traía tres o cuatro libros por semana desde hacía meses. Le habrá picado la curiosidad, pensó. Lógico: la biblioteca se agrandaba sin cesar y ella tenía que reordenarla vez tras vez.
Sacudió la cabeza. Se preguntó que sería más conveniente, si decodificar el mensaje recién llegado o seguir grabando. Entonces oyó el zumbido de los drones que sobrevolaban las calles, buscando actividad subversiva.
Cuando sonó el timbre, sus dedos medio acalambrados dejaron caer la novela de Turner.
Se quedó en silencio, creyendo que podría engañarlos. Pero entonces vio un par de videópteros que aleteaban en el living. La Ecopol siempre soltaba sus cámaras antes de llamar. Parecían abejorros metálicos. Uno de ellos se mantuvo en vuelo estacionario, enfocándolo, y el otro se posó en el sobre abierto.
Celia lo había denunciado, no había dudas. En lugar de enojo, sintió una profunda tristeza. Se decía que a los delatores se los recompensaba con creces. Pero los Títeres intuían que los métodos predilectos de la Ecopol eran de tipo extorsivo. Ezequiel recordó que uno de los hijos de Celia era adicto al komori, al SelfEmbedder y a otras drogas tecnodélicas prohibidas. Seguramente habían usado sus antecedentes para coaccionarla.
—¡Ecopolicía, Garrido! ¡Abra! ¡Tenemos una orden!
El abejorro que examinaba el sobre interrumpió su labor para proyectar la orden del juez a través de sus ojos facetados.
Ezequiel avanzó hacia la puerta, transpirando. Descubrió que no podía girar la llave. Sus dedos se cerraban. Y cuando trataba de moverlos, el dolor hacía arder sus antebrazos.
—¡Abra, Garrido! ¡Sabemos que está ahí!
Uno de los videópteros revoloteó furioso alrededor de su cabeza.
—¡No puedo!
El otro abejorro hizo un plano corto de sus manos.
—¡No joda, Garrido!
—¡Es que…!
El primer golpe de ariete ahogó el intento de excusa. El segundo impacto hizo saltar la cerradura por el aire y los oficiales de la Ecopol entraron en su casa. Uno de ellos lo derribó y lo obligó a permanecer boca abajo, poniéndole la rodilla sobre la espalda mientras lo esposaba. Otro uniformado hojeó el libro de Turner. No conforme con lo que había visto, fue hacia la biblioteca y empezó a tirar los tomos al piso. El tercero se dirigió hacia el cultivo bacteriano.
—¿Qué es esto, Garrido? ¿Un experimento de escuela secundaria? ¿O será que está grabando algo? ¿Para quién?
No contestó. El oficial comenzó a colectar la prueba sin demora. Guardó la pecera y el resto de su equipo en contenedores de plástico.
Celia resultó mucho más que una soplona: la desgraciada había hecho inteligencia. Ahora Ezequiel sintió que un enojo agrio relevaba a la tristeza, sumándose al miedo.
Finalmente los policías lo sacaron a empujones de su casa. Un enjambre de drones invadió las habitaciones para hacer pesquisas electrónicas.
Estaban por meterlo en el patrullero cuando llegaron a toda velocidad cuatro vehículos negros en los que destellaba el logo verdirrojo de MetaX. Ninguno tenía chapa patente. Estacionaron de tal modo que la salida del sedán de la Ecopolicía quedó imposibilitada. Del automóvil que encabezaba la fila, salió una mujer de corto cabello negro, trajeada y con anteojos de sol.
—Buen trabajo, oficiales. Desde ahora nos haremos cargo.
Uno de ellos trató de protestar, pero la mujer no se lo permitió.
—No me haga perder tiempo. Si tiene alguna queja, hable con su superior. Garrido viene con nosotros. Sáquenle las esposas. Y pongan esas cajas de plástico en el baúl de mi auto.
A Ezequiel le pareció conocida la voz de esa mujer a la que los policías obedecían con diligencia. Eso le inspiró una débil confianza, aunque no estaba seguro de que MetaX fuera mejor destino que la cárcel. Sin embargo, no se atrevió a hablarle hasta que subieron a su auto y ella empezó a conducir.
—¿Dónde me llevan? A mí ya me pusieron la diadema…
—Sí. Yo fui su guía en la Timelapse. Tranquilo, Garrido. No volverá a Uparsin.
—¿Berenice?
—Sí. Como en la sesión, usted interactúa con mi conciencia, albergada por este hardcase, un cuerpo sintético —aclaró—. En la timelapse, usted también tuvo que usar uno de estos. De otra forma no habría podido moverse en el futuro, mi presente, para atestiguar el resultado del cambio climático. Bah, la época que usted visitó no es mi presente. El tiempo del que provengo es otro. Es que hace tanto que superviso estas coordenadas… Las misiones de largo aliento hacen que la idea de un tiempo secuencial deje de tener sentido. Expresiones como “mi tiempo” o “mi época” se vuelven absurdas.
Muchas preguntas se amontonaron tras los labios de Ezequiel. Una logró abrirse paso:
—No entiendo. Si usé un cuerpo sintético en la Timelapse, ¿por qué se sentía igual que el mío?
—Seguramente se sentía mejor que el suyo propio, pero una Timelapse es muy corta para comprobarlo. El hardcase se diseña a partir del ADN del viajero. La diadema digitaliza su mente, la exporta al futuro y la aloja en el hardcase. La materia no puede viajar a través del tiempo, pero sí la información.
—¿Y por qué me diagnosticaron distrofia muscular cuando regresé, si mi cuerpo siempre estuvo aquí?
—El hardcase es una síntesis, no un clon. Si al hospedarse en él la mente del viajero percibe anomalías, nanobots las solventan en tiempo real. Antes de regresar, la diadema guarda los cambios. Para eso tiene que sobrescribir la conciencia del viajero. La nueva versión, que incluye los recuerdos del futuro y la propiocepción del hardcase, nunca se acopla del todo al mapeo cerebral original. En ese trance, no hay nanos que se encarguen de las discrepancias entre el cuerpo original y la mente sobrescrita, y la disonancia final provoca algunas enfermedades.
—Y a pesar de todo…
—Los seguimos despachando al futuro para que comprueben las consecuencias de sus acciones. Sí, Garrido. Todos pagamos costos altísimos en esta cruzada. Los pioneros, por ejemplo, probaron los primeros hardcases, ensamblados en los orígenes de MetaX con las instrucciones que enviamos desde el futuro. Los sintéticos iniciales eran tan deficientes que ninguna de sus mentes sobrevivió. Pero esos mártires abrieron el corredor temporal.
»Y nuestros familiares, que nos despidieron para no vernos más… Nos añoran y honran como a los muertos, porque nos recuerdan. Y nosotros, los viajeros, que no podemos hacer lo mismo, porque los afectos van escapando de nuestra memoria. Sé que soy hija, que soy madre, que soy amante. Pero ese conocimiento no es más que un dato. No hay rostros, ni momentos, ni aromas, ni voces asociados a él. Incluso pedí que me borraran los nombres, porque son lo último en irse. Parece mentira, pero los nombres hacen que los olvidos sean agónicos…
Berenice suspiró antes de continuar:
—La distorsión del reloj interno deriva en amnesia total, otro de los numerosos efectos colaterales del viaje temporal que todavía no pudimos erradicar.
Ezequiel susurró:
—Es un extrañar anestesiado…
—En el que el deseo va disminuyendo hasta dejar de pulsar. Sí.
Ezequiel la miró conducir por la autopista, más asombrado que asustado.
—¿También sos telépata?
—No—. Sonrió—. Soy experta en Ezequiel Garrido. Hice, hicimos este viaje muchas veces.
Ezequiel trataba de asimilar las implicancias de la última afirmación cuando ella agregó:
—Y esta vez será la última.
Bajaron de la autopista, tomaron la colectora y doblaron a la derecha por un camino de ripio. Ezequiel creyó que ya nada podría sorprenderlo, así que siguió indagando.
—Si quieren que la mayoría tome conciencia del cambio climático, ¿por qué no hacer que todos pasen por una Timelapse?
—Solo reservamos la Timelapse Full Experience para los que tienen acervo y una mente abierta. Personas con pensamiento crítico, pero que a la vez muestran una pizca saludable de ingenuidad. Aquellos que logran un justo equilibrio entre escepticismo y la suspensión de la incredulidad. Lectores de ciencia ficción, por ejemplo. Los Títeres encajan a la perfección en el perfil. Por eso, a los elegidos para las Timelapse les decimos la pura verdad cuando regresan: que viajaron al futuro para ver la destrucción del planeta. De esta forma, nuestros investigadores pretenden testear una variante de la Teoría de la Estructuración en la que se afirma que unos pocos agentes pueden inducir una transformación social.
—Tu “misión de largo aliento” es supervisar un experimento sociológico de alcance mundial.
—Sí.
—¿Ya tienen resultados?
—Preliminares. Pero son insatisfactorios. Reacciones como las de tu esposa se cuentan por cientos de millones. Y la mayor parte de los seleccionados para las Timelapse se deprime o enloquece. Algunos se comportan como agitadores, llenando las redes de posteos sensacionalistas que son tomados como fake news. O se vuelven sociópatas. Después de innumerables intentos, los Títeres siguen siendo nuestro mayor logro, pero…
—¿Qué salió mal?
—Discuten tanto que nunca llegan a concretar ninguna de sus ideas. Ni siquiera consiguen organizar un escrache al CEO de alguna filial latinoamericana de MetaX, lo que habría sido tomado por mis superiores como un signo alentador, paradójicamente.
Berenice detuvo el automóvil frente a un portón flanqueado a ambos lados por un alambrado que, según rezaba en los letreros de advertencia, estaba electrificado. Un guardia de seguridad salió de la garita, saludó a Berenice y preguntó:
—¿Sería tan amable de bajar la otra ventanilla, señorita? Tengo que escanear a su acompañante.
—Sí.
El guardia rodeó el vehículo, sacó una pistola lectora y apuntó al ojo izquierdo de Ezequiel. Su lente no era tan intimidante como los ojos de los videópteros.
—Ezequiel Garrido… Pero los registros dicen que ya cumplió con su deber cívico.
—Exacto —dijo Berenice—. ¿Puede creer que a este hombre no le hicieron los chequeos de rutina al salir del simulador? No queremos recibir más demandas.
—No, claro. Pasen, por favor.
El guardia abrió el portón. Berenice aceleró.
—Ahora usted está pensando en la luna reflejada en los ojos de Julia. La lectora fue el disparador del recuerdo.
—Sí.
—Disfrútelo. Quién sabe cuántas veces más podrá evocar esa imagen.
—Si a ella le hubiera tocado una Timelapse…
—¿A Julia? No habría cambiado nada. Estamos seguros porque ya probamos la contrapartida de la teoría que le mencioné, de corte funcionalista. En lugar de introducir agentes de cambio, dejamos que una contingencia inevitable impusiera restricciones a todos los individuos.
—¿Otro experimento?
—Una pandemia global. Al principio la gente decía cosas como “de la pandemia saldremos mejores o no saldremos”. Estábamos esperanzados. Pero una vez que todo terminó, descubrimos que el cuadro había empeorado. Supusimos que nos habíamos apurado en deslizar la fórmula de la vacuna. Después verificamos que aun demorando su descubrimiento, el resultado seguía siendo el mismo. Por lo tanto, obligar a todos a pasar por una Timelapse tampoco habría funcionado. Además el costo habría sido enorme, y los gobiernos oponen menos resistencia cuando la variable de riesgo son las personas y no la riqueza.
Berenice frenó.
—Llegamos.
—¿A dónde?
—En este laboratorio de MetaX exploramos las líneas temporales alternativas que surgieron desde que estamos tratando de evitar el cambio climático.
—No entiendo.
—Mire, Garrido, esto es un intercambio de favores. Usted hace algo por nosotros y yo le doy un nuevo comienzo. Nosotros, en el que alguna vez sí fue mi tiempo, un par de siglos adelante desde su perspectiva, estamos a salvo del cambio climático. Pero el precio fue hibridarnos con las IA´s y construir, en un Marte apenas terraformado, una nueva civilización a la que cada vez le queda menos de humanidad. Algunos disconformes, amantes de la arruinada cuna del Hombre, fuimos maravillados por un registro del pasado guardado en ADN bacteriano. Lo encontramos por casualidad, cuando hacíamos el inventario de los microorganismos útiles para la adaptación al ambiente marciano… Sí: MetaX, a la que tanto detesta, nació gracias a su manifiesto. Y los Títeres fueron una inspiración para nosotros.
Los ojos de Garrido brillaban.
—Pero hay algo más, y es personal. Una intachable foja de servicios me otorga ciertas atribuciones, como investigar por mi cuenta. Así descubrí que usted está en mi árbol genealógico. Ahora, usted es lo más parecido a un vínculo afectivo en mi vida.
—No sé qué decir… —tartamudeó, mientras sentía cómo una lágrima bajaba por su mejilla.
—Solo permita que le pongamos la diadema una vez más. Y que no se la saquemos nunca… Shhh, déjeme explicarle: vivirá en otra línea temporal, una en la que el que no creyó nada acerca de una máquina del tiempo fue usted, cuando Julia le contó de su Timelapse.
—¡Justo al revés!
—Sí, pero usted no solo la dejó, sino que algunos meses después se suicidó. Ella lo llora desconsoladamente. Sin embargo, podría reaparecer justo antes de que se entere de la noticia su muerte. Hice los arreglos necesarios. Su hardcase es de última generación: ya no necesitará a ningún kinesiólogo. Por favor, diga que sí… Llegué a este punto dieciocho veces y ninguno de sus doppelganger aceptó. Usted es el último Ezequiel Garrido que detectamos en todas las bifurcaciones que hemos causado.
Ezequiel recordó la luna sobre Parque Chacabuco, esos grandes ojos negros, el rodete hecho con los hashi de bambú. Ju…
Los nombres son lo último en irse, pensó.
Asintió con un leve movimiento de cabeza.
Por un momento, Berenice abandonó su inflexible autocontrol y lo abrazó.
—¿Y cómo seguirá tu misión? —preguntó él.
—Ah, hay muchas cosas por hacer todavía… Quisiera quedarme con la pecera y los libros. Son un tesoro invaluable. Cuando usted esté instalado, le enviaremos lo que ya grabó para que termine su registro. En su nueva vida no existen los Títeres, así que deberá refundarlos. Serán mejores que los originales. Pero lo más importante es la grabación. Sin ella, no habrá quien se anime a salvar la Tierra.
—Sí, Berenice.
Después de colocarle la diadema y cerciorarse de que sus ondas cerebrales eran estables, Berenice se despidió para siempre de Garrido. Guardó la pecera y los libros y pidió regresar. Su hardcase, ahora una cáscara vacía, fue llevado a Mantenimiento.
Despertó en el sintético que usaba en la base, en el infierno del antropoceno, las coordenadas a las que había sido destacada. Sus subalternos la recibieron con aplausos.
La examinaron mientras los nanos hacían los ajustes necesarios. Una vez había tenido un cuerpo, pero ese conocimiento solo era un dato estéril, sin memorias que le dieran significación.
Por último le preguntaron si había algún nuevo nombre que deseara borrar. Respondió que no.



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