LA TASA DE RETORNO de Akira Damian Mirco Milksi
- Akira Damian Mirco Milski
- hace 17 horas
- 3 Min. de lectura
Su afinidad por la literatura de horror nace de lecturas tempranas de autores como Horacio Quiroga (“La gallina degollada”) y Edgar Allan Poe (“El cuervo”), que le regaló su padre.

(Informe de la Asistencia de Revalorización Biológica, Buenos Aires, año 2098)
Roque M. Almada ingresó al Registro de Revalorización el 12 de marzo. La frente
repleta de sudor, la camisa pegada al torso, y un certificado médico con tinta amarilla
que dictaminaba: “rendimiento orgánico inferior al 42%”. Bastaba ese número. Todo
humano que descendiera del cincuenta por ciento era considerado oficialmente
descartable, sujeto al Proceso de Recuperación de Materia Prima.
No hubo miradas. Ninguno de los inspectores lo llamó por nombre. Solo una voz
metálica repitió su número de expediente y el nombre del médico supervisor: Dr.
Cevallos, Sección 3B – Depósito de Residuos Humanos.
El edificio era una máquina de cemento y acero, con pasillos estrechos de hierro
oxidado. Tubos que goteaban líquido negro serpenteaban por paredes y techo; válvulas
chirriaban con un ritmo hipnótico; un vapor verdoso se levantaba desde el piso
metálico, húmedo y resbaladizo. La luz era fría, blanca, intermitente, reflejada en
superficies lisas y húmedas que daban la sensación de un espacio más grande de lo que
era, o de uno que se retorcía sobre sí mismo. Todo parecía vivo, respirando.
En la sala de espera, otros esperaban lo mismo. La mayoría con los números cosidos a
la pechera. Algunos temblaban. En un cartel fluorescente, zumbando, se leía:
“Nadie muere. Todos retornan. Ministerio de Sustentabilidad Biológica.”
Lo llamaron y dos inspectores porteños lo guiaron por un pasillo estrecho, lleno de
conductos y tuberías. De vez en cuando, un chillido humano surgía de las cámaras
cerradas, estallando en el vacío de acero. Nadie parecía inmutarse.
—Tranquilo, ciudadano. Esto es indoloro —dijo uno, tono burocrático.
—¿Se puede hablar después del proceso? —preguntó Roque.
—Depende de la pureza de tus fluidos —contestó el otro, anotando en una planilla
electrónica que chispeaba.
Entró a la cámara blanca. Una cápsula transparente lo esperaba, vertical como un ataúd.
Un tubo de cobre exhalaba vapor verdoso, que formaba nubes en el aire.
—Desvístase —ordenó la voz—. Todo lo que lleve encima será reprocesado.
Al quitarse la camisa, Roque vio venas violáceas extendiéndose desde el corazón como
raíces de árbol. No recordaba haberlas visto antes. Su cuerpo ya no le pertenecía: era
recurso del Estado.
La cápsula se cerró. Un líquido tibio comenzó a cubrirlo. Al principio sintió calma.
Después calor. Su carne empezó a deshacerse. Quiso gritar, pero una mano detrás del
vidrio levantó un cartel:
“Evite movimientos bruscos. Su dolor es energía.”
Los monitores registraban sus pulsos:
—Rendimiento orgánico: 39%.
—Aprobado para destilación parcial.
El procedimiento duró diecisiete minutos. Cuando abrió los ojos, no estaba muerto.
Tampoco entero.
Tubos atravesaban su pecho y nuca. Su propia sangre fluía hacia una máquina que
giraba lento, destilando un líquido espeso, azul.
—Excelente —dijo el Dr. Cevallos, sin mirarlo—. Su plasma tiene pureza admirable.
—¿Dónde... estoy? —murmuró Roque.
—Unidad de Recupero. Su cuerpo ha sido seleccionado para el Programa de Retorno
Sostenible.
—¿Voy a vivir?
—Ya vive, ciudadano. Su médula alimenta a los trabajadores del subte, su piel recubre
drones, y su cerebro... bueno, depende si mantiene la calma.
Flotaba entre decenas de cápsulas, todas con cuerpos reducidos a órganos tibios, cables,
líquido. Una mujer sin rostro temblaba; un torso se inflaba y desinflaba como un globo
vivo. Los monitores sustituían nombres por números:
SUJETO 49-A / 63% UTILIDAD.
SUJETO 50-B / 12% RESIDUO.
Los residuos eran llevados a otra sección. Nadie sabía adónde.
Roque pensó en escapar. El tubo del cuello se ajustó y una descarga eléctrica lo
atravesó.
—El sistema detecta ansiedad —dijo una voz metálica—. Reduciendo autonomía
cognitiva al 15%.
Su visión se volvió blanca.
—Procedimiento completado. Unidad 49-A reasignada al Departamento de Combustión
Urbana.
Sintió que su conciencia se diluía, que su cuerpo ya no existía como carne sino como
electricidad líquida, mezclándose con otros en caños que atravesaban la ciudad. Los
pasillos de la nave urbana vibraban con un zumbido constante.
Una voz dulce, femenina, pronunció su nombre:
—Roque, ¿me oís?
Era la operadora de control térmico.
—Tu combustión es hermosa —dijo—. El 98% de tus células ya se reinsertó en el
circuito energético. Estás dando luz al Ministerio.
La ciudad que alguna vez conoció estaba muerta. La nave era la ciudad. Él era la nave.



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