top of page

PARTES de Naomi Kritzer (Trad. Maximiliano Guzmán)

  • Naomi Kritzer
  • 3 ene
  • 13 Min. de lectura

Los relatos de Naomi Kritzer han aparecido en Asimov's, Analog, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Clarkesworld, Lightspeed y muchas otras revistas y sitios web. Sus cinco novelas publicadas ( Fire of the Faithful, Turning the Storm, Freedom's Gate, Freedom's Apprentice y Freedom's Sisters ) están disponibles en Bantam. Ganadora dos veces del Premio Hugo (y Premio Nebula) por mejor relato corto, ganadora del Premio Edgar a la mejor Obra para Adulto Joven. Su literatura es indiscutible y aquí pueden leerla.



Hay algo que mucha gente no llega a comprender: la mayoría de las empresas que fabrican juguetes sexuales son realmente chicas. Incluso una compañía exitosa como Squishies™ funciona desde una única oficina pegada a un depósito, y el equipo está formado por Julia (la propietaria), Juan (el tipo que se ocupa de todo lo del depósito) y yo (quien hace todo lo demás).

(Seguramente te preguntás si eso incluye pruebas de producto. Suelo evitar hablar de mi vida sexual con desconocidos, pero Julia exige que cada persona que contrata se lleve a casa un Squishie, un Firmie o cualquiera de los demás productos IntelliFlesh y lo pruebe, ya sea solo o en pareja. Le señalé que si llegara a contratar a un alienígena—perdón, “inmigrante extraterrestre”—la neurología no coincide, y si acaso quiere admitir que discrimina al contratar. Pero no discutí mucho, porque dale, juguete sexual gratis, ¿por qué no? Honestamente, me pareció una experiencia inquietante, tener esa porción de carne sensitiva que en realidad no pertenecía ahí, y tras un rato de experimentos la guardé en un cajón y no la volví a tocar.)

De todos modos, tercerizamos la fabricación; los pallets de Squishies y Firmies llegan envueltos en film retráctil y Juan los desarma para reenviarlos en cantidades más manejables a las empresas que revenden nuestros productos.


El producto original fueron los Squishies, y Julia no es NADA tímida sobre que la gente conozca su vida sexual (tenemos un video instructivo y ella aparece en él), así que no me importa contarte que lo ideó porque su novio de entonces tenía un fetiche por pechos realmente grandes; no hablamos de “bien dotada” o siquiera “mejorada con silicona”, sino de “realmente poco prácticos para cualquier propósito cotidiano como respirar o mover los brazos”. Y, curiosamente, en ese momento ella trabajaba en una empresa que fabricaba prótesis de última generación con integración neuronal. Se hizo un par de pechos enormes y, tras mucho ajustar la integración, logró que fueran sensibles. Después el novio la dejó y ya no los necesitaba, pero una amiga que había pasado por una mastectomía doble le dijo: “¿por qué no me fabricás unos más pequeños?” y fue entonces, al parecer, cuando se le ocurrió que quizá podría vender ese producto. Consiguió una fábrica y un espacio de oficinas, nos contrató a Juan y a mí, y se lanzó al negocio de carne adherible totalmente sensitiva.

Dependiendo de tus preferencias, capaz ya te preguntás por qué arrancó con pechos. IntelliFlesh es reconfigurable, al menos hasta cierto punto, y como yo era todo el Departamento de Atención al Cliente, empecé a recibir llamados de gente que quería darle forma para que quedara más largo, más duro y más puntiagudo.

—Julia —le dije un día, quitándome el auricular—: tenés que empezar a fabricar pijas strap-on.

—No puedo llamarles Squishies —respondió, despreocupada.

—¿Y? Lanzá una nueva línea: Hardies. Dickies. Cockies. Si te decidís por Cockies, podés poner en los avisos “como cookies, pero mejor”. Quizá debería aclarar que una de las pocas cosas que Julia no me permite es escribir el texto de los anuncios.

Los Firmies vendieron aún más que los Squishies. Con pechos y pijas, cubríamos a casi todos, pero de vez en cuando me llamaba alguien que quería algo más a medida.

—Has llamado a Afton Enterprises, hogar de Squishies y Firmies —digo—. ¿En qué puedo ayudarte? (Aparte de no poder escribir los anuncios, tampoco decido cómo contestar el teléfono; Julia rechazó una vez mi propuesta: “¿Cómo voy a mejorar tu vida sexual hoy?”)

—Estoy pensando en comprarme un Squishie o un Firmie, y… tenía algunas dudas —dijo la mujer, con voz vacilante—. Son caros y no sé cuál cubrirá mejor mis necesidades.

—El Squishie es más blandito —le expliqué—. Es más maleable, pero no suele mantener formas distintas por mucho tiempo, a menos que lo refrigérées un rato antes de usarlo. El Firmie llega largo y delgado, pero si querés que adopte otra forma —una curva o incluso un gancho— podés calentarlo suavemente y moldearlo.

—Lo que quiero es una vagina protésica —soltó la mujer—. En otro lugar.

Se supone que no podés responder “¿querés qué?” cuando hacés atención al cliente en una tienda de juguetes sexuales. Somos pro-sexo, pro-kink y anti-vergüenza: no hay forma equivocada de tener sexo. Así que pregunté:—¿En otro lugar?

—No estamos seguros —contestó—. Parte de la ventaja de sus productos es que podemos moverlos. ¿Y si compro dos Firmies? ¿Podría convertirlos en dos mitades de una vagina? Una podría ser la parte superior del… tubo, y la otra la inferior… ¿sus productos son compatibles con lubricantes?

—Tenemos un lubricante especial que vendemos nosotros —le dije—. Otros lubricantes podrían anular la garantía.

—Eso suma aún más al costo —dijo la mujer, visiblemente frustrada—. ¿Hay alguna forma de saber, antes de poner toda esa plata, si me va a funcionar? Si los vendieran en REI, yo los compraría y después los devolvería si hiciera falta, pero nadie acepta devoluciones de juguetes sexuales.

—Nosotros sí, en algunas circunstancias —dije—. ¿Podés darme un poco más de información sobre qué querés lograr con nuestro producto?

—Quiero tener sexo con mi marido —dijo ella, impacientemente—, sexo de verdad, o lo más real posible. Y él es un macho K’srillan. Nuestras partes dadas por Dios simplemente no encajan.


Los K’srillan —nuestros “inmigrantes extraterrestres”— establecieron contacto por radio hace unos diez años y llegaron a la Tierra hace un año y tres meses. Juan de vez en cuando murmura que, más allá de lo que digan, quizá sigan planeando una invasión, ¿y cómo los detendríamos? Pero nos ofrecieron tecnología de animación suspendida a cambio de asilo (¿de quién? fue la pregunta inmediata de Juan, pero nos aseguraron que huían de la muerte de su sol, no de una segunda oleada de alienígenas peligrosos), y una docena de ciudades de Estados Unidos terminó recibiendo asentamientos. (Están repartidos: hay otros grupos en varios países alrededor del mundo.)Hasta ahora, en EE. UU. todo fue bastante tranquilo, salvo algunos disturbios antiinmigrantes en Kansas City. En realidad no conocía a ningún K’srillan —hay un asentamiento en Minneapolis, pero yo vivo en St. Paul y no cruzo mucho el río—, pero por lo que pude ver, eran respetuosos de la ley, trabajadores y, en general, el tipo de gente que querés que se instale en tu ciudad.

También parecían calamares gigantes atropellados. No tienen caras como tal. Tienen ojos —siete de ellos— sobre tallos, y una boca para comer y hablar, pero no están juntos como uno esperaría en casi ninguna especie terrestre, de mamíferos a reptiles a peces. Bueno, tenemos calamares, pero no caminan por el shopping… sobre tentáculos.

Los K’srillan hablan, pero no pueden emitir los mismos sonidos que nosotros, así que usan un sintetizador de voz para comunicarse.

La idea de tener sexo con, o casarme con, un K’srillan me resultaba completamente desconcertante. Incluso, me atrevo a decir, asquerosa.

Pero somos pro-sexo, pro-kink y anti-vergüenza, así que dije “¡Está bien!” con la voz más alegre que pude y no añadí: “¿Marido? Vaya manera de apurar las cosas.” —La verdad es que no sé mucho de anatomía sexual K’srillan. Entonces… él tiene pene?

—Sí, no necesitamos un Firmie para él —dijo la mujer, con aire desdeñoso—. Sus productos no interfieren con la neurología K’srillan; de lo contrario habríamos pensado en comprarle un Firmie para que lo use en lugar de su propio pene. Él tiene pene, sí, pero mide dieciocho pulgadas de largo y es bifurcado.

—¿Bifurcado?

—Sucede que se divide en dos, básicamente.

—Necesitarías al menos cuatro Firmies —solté—. Para hacer una vagina para un pene bifurcado de dieciocho pulgadas.

—Eso sale carísimo.

—Sí, con esa plata podrías encargar algo a medida.

—¿¡Ah, hacen pedidos personalizados!?

—No. No lo hacemos. Pero seguro que alguien…

—¿Creés que no lo averigüé? —preguntó la mujer, exasperada—. Se ha hablado mucho de esto en la comunidad de Integración Total. No soy la única mujer interesada.

—¿No sos la única?

—¡No!

Bueno, eso cambiaba las cosas, quizá. Un pedido personalizado era una cosa; un prototipo era todo un asunto diferente.

—No.

—¿No? ¿Simplemente no?

—¿Preferirías que diga “no, es una idea repulsiva”?

La miré a Julia. «¿No éramos pro-kink y anti-vergüenza?» Para ser justa, a mí también me chocó al principio, pero estaba intentando superar mi reacción emocional. Todos los involucrados eran adultos conscientes —bueno, los K’srillan tienen un ciclo de desarrollo distinto al nuestro, pero averigüé que los machos no desarrollan el pene hasta la madurez sexual, así que claramente hablábamos de adultos—. En fin. «¿Sabías que ya existe un segmento de la industria pornográfica dedicado al sexo entre mujeres humanas y machos K’srillan? Al parecer, un pene bifurcado de dieciocho…»

—¡Basta! No quiero oír más.

«¿Alguna vez dije algo parecido sobre el fetiche de tu exnovio por los pechos enormes? No. Tu kink no es mi kink, y tu kink está bien. Su kink no es nuestro kink, pero eso no significa que no podamos venderles nuestros productos.»

Julia arrojó el plug anal de silicona que estaba examinando. (De todos modos, ya estábamos pensando en nuevas formas de ampliar la línea; mi sugerencia no surgió de la nada).—Está bien. Está decidido. Si querés diseñar algo, probaremos el mercado. Pero vas a tener que tomar las medidas, vas a tener que construir el prototipo y, desde luego, conducir el grupo focal y las entrevistas, porque esta idea es repulsiva.

—¡Está bien! —dije—. Me encargo de todo. Y veremos si suficiente gente quiere esto para que sea viable.

La mujer que había llamado se llamaba Liz, y su marido era Zmivla. Resultó que él estaba en el asentamiento de Minneapolis, así que vivían a menos de ocho kilómetros de mi oficina. Fui en auto hasta el edificio de gran altura donde se habían instalado tantos recién llegados y tomé el ascensor hasta su piso doce.

—Pasa —dijo Liz al abrir la puerta—. Hice café. Se rió con nerviosismo—. ¿Tomás café?

Zmivla estaba recostado en el sillón reclinable, con los tentáculos apoyados en los descansabrazos y el reposapiés. Dos de sus tallos oculares se giraron para mirarme cuando entré y su sintetizador de voz dijo: “Hola, señora Marshall.”

—Llámame Renee —respondí.

Liz me alcanzó una taza y observé a Zmivla, dudando si sacar la cinta métrica y pedirle que mostrara su pene, o si antes debíamos pasar por algunos preliminares. Cuando Julia empezó a fabricar los Firmies, creo que en vez de medir penes reales compró los dildos más vendidos y usó esas medidas. Pero no hay modelos de dildo K’srillan en el mercado, así que íbamos a tener que usar penes de verdad. Respiré hondo.

—Creo que debería hacer alguna pregunta básica primero.—¿Querés saber cómo nos conocimos? —preguntó Liz con entusiasmo.

En realidad, yo quería saber cómo funcionaba el sexo K’srillan entre ellos, pero si ella prefería empezar con algo menos explícito, supuse que era un buen arranque. Asentí y tomé un sorbo de café mientras me contaban su historia de “cómo nos conocimos”. Creo que mencionó la feria de arte de Powderhorn, aunque puede que lo recuerde mal y sea la misma historia de mi hermana con su exesposo. Si querés saber la verdad, todas esas historias románticas se me mezclan. Pero si conociste a tu pareja porque estaba tercero en la fila del gang bang organizado en el dungeon local y te encantó la forma de su pene, esa sí la recordaré. Si te ayudó a cargar tus macetas con tentáculos mientras vigilabas que tu perro no se escapara, no lo retendré en mi cabeza más de quince minutos.

Liz trabajaba en una oficina aburrida y Zmivla tenía un empleo igual de monótono, claramente por debajo de sus talentos. Cuando me contaron que el hobby de Liz era pintar naturalezas muertas, supe que estaban postergando la parte incómoda: yo estaba ahí para medirle el pene a un tipo.

—Sé que esto es algo incómodo para todos —dije—, pero probablemente deberíamos ponernos manos a la obra, ¿no?

—Solo quiero que vos… —Liz vaciló.

Zmivla rozó con delicadeza el dorso de la mano de Liz con la punta de uno de sus tentáculos. Con otro, acomodó un mechón de su pelo. —Liz y yo te agradecemos tu mente abierta —dijo—. Pero para ella es importante que nos veas primero como personas, como una pareja con derecho a amarse y a compartir el cariño que tenemos.

—Querés que piense que son normales —dije. Intenté que el sarcasmo no se notara, aunque seguro no lo logré del todo—. Una familia más de Minneapolis.

—Sé que no somos como los demás —insistió Liz—. Pero nos amamos y nos cuidamos. Y eso es lo importante.

—Claro —respondí—. Pero no me llamaste para validar su relación. Me llamaste para ayudar con su vida sexual. Hablemos de eso.

Me explicaron que entre los K’srillan la hembra se pliega alrededor del macho: tiene un conducto corto permanente, pero gran parte de la vía sexual se forma en el momento. Tomé notas. El sexo implicaba fricción, pero también el uso de músculos que desplegaban la vagina extendida; no estaba segura de si el macho debía introducirse o si la hembra se encargaba solo de cerrar el conducto.

—Sabrás —dije— que no podemos diseñar una vagina IntelliFlesh que replique ese plegado. Ni el efecto de ondulación ni nada de eso. Quizá podríamos sumarle un vibrador…

—Algunas hembras mayores pierden fuerza —intervino Zmivla—. Existe un procedimiento para fijar el conducto en su lugar, y con hembras que lo han hecho, el macho efectivamente se introduce. Debería funcionar. Las puntas de sus tentáculos se tornaron rosas; no sabía si era vergüenza, excitación o algo distinto—. Aunque eso del vibrador que mencionás…

Saqué la cinta métrica, pero al final fue Liz quien tomó las medidas. Hice un boceto y ella iba diciendo los números. Dieciocho pulgadas resultó aproximado: una rama medía 18,25 pulgadas desde la base hasta la punta y la otra 17,8. El grosor en la parte central era parecido al de una lata de gaseosa; las ramas eran más delgadas y se afinaban hacia el extremo, como zanahorias larguísimas. Noté que el pene K’srillan se pone de un azul violáceo oscuro al excitarse, un tono que en un humano indicaría falta de oxígeno o hipotermia. Se veían venas marcadas.

—No me dirás cuán típico sos —pregunté—. ¿Para un macho K’srillan sos grande o chico, sos más o menos asimétrico, cómo comparás tu grosor…

—No sé —contestó—. Pero no creo que sea difícil averiguarlo. Hay cerca de mil K’srillan en este edificio y conozco a unas dos docenas con esposas humanas.Pasé dos días enteros midiendo penes K’srillan.

Lo bueno fue que resultaron bastante uniformes. Medían de dieciséis a veinte pulgadas y su grosor oscilaba entre lata de refresco y taza de café. Algunos tenían una rama notablemente más corta, hasta seis pulgadas de diferencia. Pero los penes humanos también varían: la media de un erecto ronda las cinco pulgadas y el récord es de 13,5 pulgadas (suena doloroso).

La variedad de tallas en penes humanos no impidió que haya en el mercado un montón de vaginas artificiales (“mangas de masturbación”, según el término técnico). Igual que con los dildos, podés ofrecer distintos tamaños sin personalizar al extremo, y dado que IntelliFlesh es más adaptable que la silicona, estaba convencida de que podríamos diseñar algo que funcione.

En fin, esa fue la buena noticia. La mala: tuve que pasar dos días midiendo penes K’srillan.

Por suerte, los K’srillan parecen bastante seguros de su masculinidad. Imaginá la reacción de un humano promedio si le acercás una cinta métrica. Mi ex cuñado, en un momento, se midió y tenía 4,5 pulgadas, medio centímetro menos que el promedio. Mi hermana se lo contó a todo el mundo después del divorcio, pero el problema no era su pene apenas más chico, sino la forma en que compensaba y que era un desastre en la cama: uno de esos hombres que creen que su pene es mágico y si no te hacés un clímax en dos minutos con solo introducirlo, sos vos la rota. (Muy pocos respetan mi política de no-oversharing.)

En fin. Hubo un K’srillan que se encogió al verme con la cinta, pero luego se rió (tienen una respuesta física al humor; los sintetizadores de voz lo traducen a un “ja-ja-ja”) y dijo: “Dame un momento” y volvió a su tamaño normal en segundos. Crecieron en una sociedad con roles de género totalmente distintos a los nuestros, y luego tuvieron que adaptarse aquí. Uno de ellos comentó, mientras enrollaba la cinta alrededor de la base del tronco, que en su cultura la hembra debe dar el primer paso; un macho que propone sexo a una hembra es considerado descarado, y cree que a las humanas les gusta una vez que nos acostumbramos a la idea.

—Quizá —dije—. (Y medí su longitud en el lado izquierdo: 17,85 pulgadas). —¿Cómo conociste a tu esposa, de todos modos?

—Pensé que ya te lo habían contado —respondió con cierto aire de pena—. Yo aún no he tenido tanta suerte, pero me ofrecí como voluntario para este proyecto tan emocionante porque quizás despierte interés en los de mi especie.

—¿No preferirías, en realidad, casarte con alguien de la tuya? —pregunté.

—Entre los míos se me considera poco atractivo —contestó.

Me hice a un lado para examinarlo. Tras dos días midiendo penes K’srillan, dejaron de parecerme calamares atropellados, pero no diría que resultan atractivos, exactamente. Terminé la última medida, la anoté, y tiré mis guantes en el basurero de su cocina.

—Gracias por tu ayuda —dije.

Ya de vuelta en la oficina, ultimando el diseño de mi prototipo, sonó el teléfono.

—Nos estás haciendo una gran injusticia —dijo una voz sintetizada al otro lado de la línea.

—Perdón… ¿quién habla? —pregunté.

—Durante días vienes a nuestro asentamiento a medir los órganos masculinos —se escuchaba angustiada—. Y ahora descubro que es para fabricar falsos órganos femeninos para mujeres humanas.

Me rasqué la cabeza, preguntándome en qué lío me había metido.—Mirá —contesté—, somos especialistas en falsos órganos para humanos, tanto femeninos como masculinos.

—¡Sí! —exclamó furiosa—. Y yo soy una K’srillan casada con un humano. ¿Por qué no van a hacer falsos órganos masculinos K’srillan? ¿Qué se supone que haga mi marido para complacerme?

Al final, considero que te sorprenderá saber que terminamos fabricando ambos. Hicimos vaginas K’srillan: como le advertí a Liz, no replican el “origami vaginal” previo al sexo, pero simulan el movimiento muscular con un vibrador ajustable. También hicimos penes K’srillan, aunque por ahora, con un mercado tan limitado, solo ofrecemos un tamaño y forma (grosor de botella de soda en la base, 17,85 pulgadas en el lado izquierdo y 18,1 en el derecho).


Lo más extraño hoy en día no son las parejas humano–K’srillan. Son las parejas humano–humano que compran un ejemplar de cada línea y tienen sexo con los genitales desmontables en lugar de usar el juego compatible que ya tenían. O quizá es el porno de humanos con genitales artificiales K’srillan. O tal vez el porno gay de lo mismo. O, posiblemente lo más raro de todo, es el porno de K’srillan teniendo sexo con genitales humanos artificiales: no pueden usar IntelliFlesh (hace falta investigar más su neurología), pero siempre queda la opción clásica de un strap-on en un lado y una vagina artificial en el otro.

Porque, al fin y al cabo, hay dos leyes de la naturaleza inmutables aquí: una, el amor siempre encuentra un camino; y dos, si se puede concebir un acto sexual, habrá alguien dispuesto a pagar por verlo.

He estado dándole vueltas a esa primera ley últimamente. Le conté a mi hermana lo del K’srillan “poco atractivo” y, en broma —¡juro que bromeaba! — señalé que al menos nunca se aburriría en la cama. Ella bromeó —dice que bromeaba— pidiéndome su número. Le dije que se lo daría si prometía no contarme detalles de su vida sexual, y ella remató diciendo que yo ya conocía el tamaño exacto de su pene hasta la cuarta de pulgada…

Sí, están saliendo. No se están apresurando, así que la historia no termina con “¡Y la boda es la próxima semana!”. Pero debo decirlo: uno se acostumbra a las siete miradas sobre el después de la cena y he aprendido a detectar la risa antes siquiera de que el sintetizador escupa un “ja ja ja”. Y Gintika (así se llama) ya no me hace pensar en calamares atropellados. Me hace pensar en lo mucho que podemos tener en común con otros, en todas las formas de establecer una conexión. Me hace pensar en la expresión de mi hermana cada vez que habla de él. Me hace pensar que el amor encuentra un camino, y que a veces, encontrar un camino, te encuentra el amor.

 
 
 

Comentarios


  • Facebook
  • Instagram
  • Youtube

©2023 by La Tuerca Andante. Proudly created with Wix.com

bottom of page