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LOS CONCURRENTES de Alex Bartolo

  • 4 jul
  • 9 min de lectura

Alex Bartolo es escritor y editor del Podcast El Bazar de los Tormentos y la revista Tántalo. Sus cuentos están influenciados por el horror cósmico, lo atmosférico y la historia.

***

1


Cuando el doctor Esteban Luján aceptó catalogar los archivos teatrales del antiguo Teatro

Argos, creyó estar aceptando una tarea administrativa más entre tantas otras

degradaciones académicas. Había enseñado Historia de la Escena durante doce años,

especializándose —con una mezcla de vergüenza y orgullo— en formas menores del

espectáculo popular: ferias ambulantes, teatrillos de barrio, compañías extravagantes

olvidadas por la crítica seria.

Sus colegas consideraban aquella obsesión un síntoma de decadencia intelectual.

Y quizá así lo fuera.

La propuesta había llegado en julio, exactamente durante esos días en que Buenos

Aires adquiría una cualidad húmeda y mortuoria que siempre agravaba ciertos

pensamientos. Desde hacía años, Esteban sufría una melancolía estacional cuya

naturaleza nunca había conseguido explicar del todo. No era tristeza. Tampoco

agotamiento. Más bien una lenta pérdida de densidad interior, como si cada invierno algo

le vaciara parcialmente el espíritu y dejara dentro una cavidad fría donde antes había

habido una persona.

Aceptó el trabajo porque necesitaba dinero, y porque el nombre del teatro le

produjo un estremecimiento difícil de justificar.

El Argos había cerrado sus puertas en 1988 después de una serie de incidentes mal

documentados: desapariciones menores, incendios inexplicables en los depósitos, una

actriz que se arrojó desde un palco durante un ensayo. Nada extraordinario para la

historia teatral argentina. Sin embargo, había otro detalle: el último director del teatro

había sido Horacio Vardemann.

Ese nombre llevaba veinte años persiguiéndolo.


Vardemann había sido profesor suyo en la universidad. Un hombre de una

elocuencia casi hipnótica, célebre por sus investigaciones sobre la función ritual del

teatro grotesco europeo y del Grand Guignol parisino. Sus clases poseían algo más

cercano a la invocación que a la pedagogía. Mientras hablaba del carnaval medieval o de

los bufones litúrgicos, parecía insinuar que aquellas figuras no pertenecían enteramente al

pasado.

Luego desapareció sin dejar ningún rastro.

La versión oficial sostenía que había sufrido un brote psicótico, pero Esteban

recordaba otra cosa.

Recordaba aquella última clase en la que Vardemann, observando a sus alumnos

desde la penumbra del aula, había dicho:

—Hay escenarios que no representan la locura. La generan. La procrean…

Durante años había tratado de olvidar aquella frase.

Ahora iba camino al teatro donde Vardemann había terminado sus días.

El edificio sobrevivía encajonado entre depósitos abandonados y talleres

mecánicos cerrados. Aun bajo la llovizna invernal, el Argos conservaba una arrogancia

ruinosa: columnas ennegrecidas, vitrales opacos y una marquesina torcida donde todavía

podían leerse restos de letras carcomidas.

Pero fue otra cosa lo que perturbó a Esteban. El teatro, de hecho, no parecía

abandonado.

Había luz detrás de algunas ventanas y alguien había colocado flores frescas junto

a la entrada principal.

El encargado resultó ser un hombre extremadamente viejo llamado Rinaldi, cuya

piel poseía esa palidez translúcida de quienes han permanecido demasiado tiempo lejos

del sol. Sus movimientos eran lentos, aunque no débiles; daban la impresión de

pertenecer a alguien acostumbrado a obedecer órdenes antiguas.

—Puede trabajar hasta donde quiera —dijo entregándole una llave oxidada—.

Pero no baje al escenario después de medianoche.

Esteban sonrió.


—¿Por superstición?

El anciano lo observó unos segundos.

—No exactamente.

Aquella primera tarde transcurrió entre polvo, inventarios y humedad. Los

archivos ocupaban antiguos camarines del subsuelo. Había fotografías de compañías

olvidadas, programas teatrales consumidos por hongos y centenares de cajas sin

clasificar.

Pero entre todo aquello apareció algo inesperado: un cuaderno.

Pertenecía a Horacio Vardemann.

Esteban reconoció inmediatamente su escritura nerviosa y filosa. Las primeras

páginas parecían apuntes corrientes sobre teatro ritual, máscaras italianas y tradiciones

carnavalescas europeas. Sin embargo, a medida que avanzaba la lectura, el tono se volvía

errático.

“Hay funciones que continúan cuando el público se ha marchado.”

“La escena no es un lugar. Es una condición.”

“Debajo del teatro hay otro teatro.”

Esa última frase aparecía repitiéndose decenas de veces.

“Debajo del teatro hay otro teatro.”

“Debajo del teatro hay otro teatro.”

“Debajo del teatro…”

Esteban cerró el cuaderno, y en ese preciso momento oyó aplausos.

No provenientes de la calle ni del edificio vecino sino del escenario principal.

Subió lentamente desde el subsuelo.

El teatro estaba completamente oscuro salvo por una luz mortecina que caía sobre

el escenario vacío.


Los aplausos habían cesado, pero Esteban pudo percibir que algo permanecía allí.

Al principio creyó que eran maniquíes.

Había figuras sentadas en las butacas.

Docenas.

Todas inmóviles, observando el escenario.

La penumbra impedía distinguirlas bien, aunque alcanzaba para notar ciertos

detalles: rostros demasiado blancos, hombros rígidos, cabezas inclinadas en un mismo

ángulo imposible.

Entonces una de las figuras giró lentamente hacia él.

Parecía tener el rostro maquillado, pero en realidad poseía una máscara. Una

máscara lisa y ovalada, sin expresión humana reconocible, como una cara olvidada por su

propio dueño.

Esteban retrocedió. Cuando volvió a mirar, las butacas estaban vacías.


2


Aquella noche casi abandonó el teatro, pero no lo hizo porque había reconocido

algo en la máscara. Era idéntica a un diseño escénico atribuido a Vardemann durante sus

últimos años: “Los Concurrentes”, personajes mudos que, según él, representaban “el

público verdadero”.

Las siguientes noches fueron peores.

Comenzó a escuchar murmullos detrás de las paredes, puertas que se abrían solas,

pasos debajo del escenario. Y siempre, después de medianoche, aplausos.

A veces despertaba en un camarín distinto del que recordaba haber usado. O

encontraba sus apuntes modificados con frases escritas en otra tinta.


“LA FUNCIÓN CONTINÚA.”

“EL PÚBLICO YA ESTÁ COMPLETO.”

“FALTA SOLO UNO.”

Intentó racionalizarlo tratando de dormir. También recurrió al brandy, pero el

alcohol solo parecía volver más permeables las noches.

Una madrugada descubrió algo imposible.

Mientras revisaba los antiguos mecanismos del escenario, halló una trampilla

oculta bajo el entablado central. Debajo había una escalera. Decidió alumbrar con una

enorme linterna LED y pudo notar que descendía mucho más profundo de lo que la

arquitectura del edificio parecía permitir. Y desde abajo llegaba música, revo algo

parecido a una melodía.

Bajó. Todavía ignoraba por qué; quizá porque llevaba años descendiendo hacia

algo semejante sin saberlo.

Poco a poco se reveló ante él que el subsuelo no era un sótano. Era otro teatro, uno

gigantesco y mucho más antiguo que el edificio superior.

Las paredes parecían excavadas directamente en una materia terrosa y húmeda.

Filas interminables de butacas se perdían en la oscuridad. Y sobre el escenario

subterráneo había figuras inmóviles usando aquellas máscaras blancas.

Centenares de actores, todos mirándolo.

Entonces vio a Vardemann. Seguía vivo, o algo parecido.

Vestía un frac ennegrecido y sostenía un libreto descompuesto por la humedad. Su

rostro tenía la serenidad monstruosa de ciertos cadáveres preservados.

—Llegaste tarde al ensayo —dijo.

Esteban quiso hablar, pero descubrió que no podía mover bien la mandíbula.

Algo ocurría en su rostro.

Sentía una pesada rigidez, una pérdida de expresión.


Vardemann descendió lentamente del escenario.

—Toda actuación prolongada termina devorando al actor —susurró—. ¿Nunca lo

entendiste? La personalidad es solo maquillaje.

Las figuras enmascaradas comenzaron a levantarse una tras otra, sin hacer ruido.

Y entonces Esteban comprendió lo que eran.

No llevaban máscaras, aquellos eran sus rostros.

Rostros disipados por años de interpretación, consumidos, suplantados por la

función.

Intentó huir, pero desde las butacas surgieron manos frías sujetándolo con una

suavidad insoportable, casi afectuosa.

Y mientras lo conducían hacia el escenario vio algo todavía más inquietante.

Entre los concurrentes había personas conocidas: actores desaparecidos, críticos,

espectadores. Incluso antiguos alumnos de Vardemann.

Todos con aquellas caras lisas e inexpresivas, observándolo con devoción

silenciosa.

Lo último que oyó antes de perder el conocimiento fue la voz de su antiguo

maestro:

—El teatro verdadero nunca termina porque el público nunca se marcha.


3


Despertó sobre una silla de madera; durante algunos segundos creyó haber soñado

todo. Luego sintió el olor; una mezcla de humedad, maquillaje viejo y flores podridas.

Abrió los ojos.


Se encontraba en un camarín, pero no parecía pertenecer al Argos que conocía.

Las paredes estaban cubiertas por espejos altísimos cuyas superficies parecían

ennegrecidas por el tiempo. Sobre las mesas descansaban pelucas húmedas, lápices

grasos, máscaras incompletas. Algunas tenían rasgos humanos apenas sugeridos; otras

parecían detenidas a mitad de una transformación imposible.

Una voz habló detrás de él.

—La primera noche siempre es confusa.

Era Rinaldi.

El anciano permanecía junto a la puerta sosteniendo una bandeja con una taza

humeante.

—¿Qué lugar es este? —preguntó Esteban.

—El verdadero Argos.

—No… eso de abajo… eso no puede existir.

Rinaldi dejó la taza sobre la mesa.

—Arriba existe el edificio. Aquí abajo existe la función.

Esteban trató de levantarse, pero las piernas le temblaban.

Entonces vio su reflejo en el espejo y sintió un estremecimiento helado: su rostro

estaba cambiando. No físicamente, al menos no del todo. Pero ciertos rasgos parecían

haberse suavizado. La tensión natural de la boca había desaparecido. Los ojos mostraban

una inmovilidad desconocida.

Parecía una versión inacabada de aquellos concurrentes.

—¿Qué me hicieron?

—Nada que no estuviera empezando ya dentro suyo —respondió Rinaldi—. Usted

llevaba años acercándose.

Aquella frase lo perturbó más que cualquier visión subterránea, porque sabía que

era verdad.


Recordó sus inviernos interminables, su incapacidad para establecer vínculos

duraderos, la sensación constante de estar interpretando una vida ajena. Había pasado

años enseñando sobre máscaras sin sospechar que también usaba una.

Rinaldi abrió lentamente un armario. Dentro colgaban decenas de trajes teatrales

ennegrecidos por el polvo.

—Cada uno de ellos perteneció a alguien que decidió quedarse.

—Yo no voy a quedarme.

El anciano sonrió con una tristeza infinita.

—Todos dicen eso durante los primeros ensayos.


4


Consiguió abandonar el teatro al amanecer. Nadie intentó detenerlo.

La ciudad parecía extrañamente vacía bajo la lluvia gris de julio. Caminó varias

cuadras antes de notar algo inquietante: el ruido urbano parecía amortiguado, como si

Buenos Aires estuviera ocurriendo detrás de una gruesa cortina.

Entró en un café y pidió un whisky.

La camarera le dirigió una mirada incómoda.

—¿Se siente bien, señor?

—Sí. ¿Por qué?

Ella dudó antes de responder.

—Parece pálido… mejor dicho como maquillado.

Esteban fue al baño inmediatamente.

Bajo la luz amarillenta del espejo descubrió algo insoportable.


Su piel había adquirido una palidez artificial. Las líneas normales del rostro

parecían desdibujadas. Y alrededor de la boca había una rigidez semejante a la pintura

seca.

Se lavó compulsivamente y aquel cosmético no se le quitaba.


5


Durante los días siguientes intentó mantenerse lejos del teatro. Pero comenzó a

recibir llamadas telefónicas sin voz del otro lado. Más bien se oían aplausos en la estática

del altavoz. Solo aplausos.

Sentía que había perdido interés en casi todo. La comida le resultaba insípida. La

conversación humana parecía hueca. Incluso el miedo empezaba a volverse abstracto,

teatral.

Una noche soñó con Vardemann.

El viejo director estaba sentado solo en el escenario subterráneo.

—¿Comprende ahora? —preguntaba—. El público común cree asistir al teatro

para distraerse de la muerte. Pero el verdadero teatro nació para contemplarla

directamente.

Detrás de él, centenares de concurrentes permanecían inmóviles.

—La tragedia griega, los misterios medievales, el Grand Guignol… todos eran

fragmentos imperfectos de algo más antiguo. El escenario siempre fue un umbral.

Esteban despertó llorando o creyó hacerlo, porque al tocarse el rostro descubrió

que apenas podía modificar su expresión.


6


Volvió al Argos tres noches después, no por valentía, sino por agotamiento y por

una curiosa necesidad de mantener aquella rutina melancólica; sobre todo, por la

necesidad de querer «saber». El teatro parecía esperarlo.

Las luces estaban encendidas y las puertas abiertas. Rinaldi ni siquiera fingió

sorpresa al verlo entrar.

—Esta noche hay función completa —dijo.

—Quiero tratar de comprender. Todo….

—Eso es precisamente lo peligroso.

Descendieron juntos.

El teatro subterráneo estaba lleno y no solo de concurrentes. Había espectadores

normales. Hombres y mujeres elegantemente vestidos, fumando, conversando en voz

baja, hojeando programas inexistentes. Sin embargo, todos exhibían algo incorrecto:

movimientos demasiado lentos, sonrisas apenas retrasadas, miradas vacías cuando creían

no ser observados.

—¿Quiénes son? —preguntó Esteban.

—Los que todavía no saben que regresan cada noche.

En el escenario una cortina negra comenzó a abrirse y entonces comenzó la obra.

Esteban jamás podría describirla correctamente.

No había argumento reconocible. Solo secuencias de humillación, nacimiento,

enfermedad y muerte representadas mediante movimientos lentísimos, casi antinaturales.

Los actores parecían deformarse mientras actuaban. A veces hablaban con voces

infantiles, a veces emitían sonidos guturales, imposibles y a pesar de todo aquello, el

público observaba fascinado, hipnotizado.


Entonces Esteban comprendió algo inefable: la obra no estaba siendo

representada, simplemente ocurría. Aquellos actores no interpretaban sufrimiento;

estaban siendo consumidos por él.

Vardemann apareció sobre el escenario como un maestro de ceremonias funerario.

—Toda civilización crea espectáculos para domesticar el horror —declaró—. Pero

el horror siempre termina reclamando su lugar. ¡Su apoteosis!

Los concurrentes comenzaron a girar lentamente la cabeza hacia Esteban. Lo

estaban esperando. La función exigía a alguien más.

Vardemann sonrió.

—Usted conoce la teoría, doctor Luján. Ahora conocerá su papel.

Dos figuras lo sujetaron suavemente de los brazos y lo condujeron hacia el

escenario. Y cuando cruzó el telón sintió algo desgarrarse dentro suyo.

No era su carne sino más bien algo inherente, algo primordial: su identidad.

Como si durante toda su vida hubiera llevado una máscara invisible y ahora

alguien comenzara lentamente a arrancarla.

Escuchó aplausos interminables y comprendió finalmente cuál era el secreto del

Argos.


7


Meses después, el Teatro Argos volvió a abrir discretamente.

No hubo anuncios oficiales, ni críticas, ni programas impresos. Sin embargo,

algunas noches ciertas personas aseguran ver luces encendidas detrás de los vitrales

polvorientos.

Y aplausos. Siempre aplausos.


Se dice también que un hombre extremadamente pálido recibe a los asistentes en

la entrada. Un hombre de ojos agotados y sonrisa ausente que entrega entradas sin

mirarlos directamente.

Algunos aseguran haber reconocido en él al doctor Esteban Luján, aunque

envejecido de una manera imposible, como si los meses transcurridos desde su

desaparición hubiesen sido décadas. Pero nadie logra recordarlo con precisión después de

abandonar el teatro. El recuerdo de sus facciones se vuelve difuso apenas se cruza la

puerta de salida, igual que un sueño que comienza a disiparse al despertar.

Y ciertos asistentes —los pocos que regresan hablando de la función— mencionan

algo todavía más desconcertante.

Dicen que, hacia el final de la obra, cuando las luces del escenario se apagan y

solo queda el sonido de los aplausos resonando en la oscuridad, el acomodador levanta

lentamente la vista hacia el público y entonces sonríe.

No con alegría, sino con la fatigada resignación de alguien que finalmente

comprendió algo atroz. Comprendió que jamás había abandonado el escenario.

Que la vida que recordaba arriba —la universidad, los inviernos húmedos de

Buenos Aires, los años desperdiciados entre libros y aulas vacías— no había sido más

que el largo prólogo de una representación mucho más antigua.

Una obra subterránea cuyo verdadero estreno ocurrió décadas atrás, la noche en

que escuchó por primera vez la voz de Vardemann.

 
 
 

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