Hoy en "Pesadillas de Felicidad" presentamos al Maestro argentino del Terror Pablo Martínez Burkett con un cuento donde la monstruosidad implica curiosidad y fama. Pero: "¿Existe la felicidad?"
Debes bailar alrededor del caldero y arrojar dentro las entrañas envenenadas. Y mientras sostienes un sapo en alto dirás: A ti te toca primero. El sapo tuvo que estar sentado durante un mes bajo una roca fría, rezumando veneno por sus poros.
William Shakespeare – Macbeth; Escena 4, Acto 1
Se equivoca quien piensa que en los pueblos chicos el deporte favorito es el futbol, el automovilismo o las carreras cuadreras. No hay jugador más habilidoso, volante más osado ni montado más refucilo que el chismerío. Y no vaya a creerse que sólo es cosa de comadres. Es un pasatiempo que no hace distingos. Barriendo la vereda, pero también en el café del club social; en la ferretería y en la cola del chino, junto con los vaticinios sobre la lluvia que se hace la rogada; se propaga la última cornamenta, el incómodo embarazo, o la próxima defunción. Nadie puede considerarse ingresado al mundo de la fama si no tiene su prontuario chismográfico. Menos en un pueblo que sin mucho rubor se declara “La capital de las Brujas”. No hay mañana que no se vea a alguien manguerear la puerta de una casa o un negocio para remover los restos del último ritual. Mientras vuelan velas, muñequitos, platos, comida, partes de animales y otras menudencias que mejor no hablar, el ofendido imagina quién pudiera ser el ofensor y planea su venganza. Hay resignación, pero también regocijo.
En cada cuadra hay una bruja, pai o manosanta. Se ha convertido en la industria más redituable desde que nos quedamos sin los talleres del ferrocarril. Hay para todos los estómagos y billeteras. Sin embargo, desde que yo era chico, las nigromantes más cotizadas siempre fueron Las Tres Gracias, como llamaban en su conjunto a La Chicho, La Toquito y La Que Asusta. Ya entonces estaban mayores. Hay quienes decían que eran hermanas; otros, primas. No faltaba el lengua larga que negaba todo vínculo familiar y les imputaba costumbres sáficas, fruto de sus pactos con el Maligno. Chismes. Habladurías. Nadie tenía certeza alguna. Ni siquiera de cómo se llamaban. Pero eso tampoco importa, porque esta es la historia de alguien que sí tiene nombre: Crispín Espósito, el niño monstruo.
El apelativo se lo puso la abuela. Así son las cosas acá. Todos los sobrenombres aluden a algún defecto, alguna particularidad dañosa. Su madre, la Obdulia Espósito nunca quiso decir quién fue el padre. No me extrañaría que hubiera sido algún pariente. Por las complicaciones en el parto. En esa época, las mujeres parían en las casa’. Cuando llegó el momento, la ayudó la comadrona que trajo al mundo a más de la mitad del pueblo. Pero la cosa se complicó porque el mocoso se había encajado en el canal de parto y la parturienta ya no tenía fuerzas para expulsarlo. Médico no había así que mandaron a un comedido a buscar a la enfermera de la salita. La mujer, prevenida, se vino con dos cucharas grandes de servir ensalada. No quiero imaginarme cómo logró que entraran dentro de la pobre infeliz, pero pescó al remiso de la cabeza y entró a tironear como si fuera un ternero malparido. Tironeó y tironeó hasta que lo acomodó y lo sacó. Eso sí, al inocente le quedó la cabeza como un huevo, un ojito medio cerrado y las carretillas en falsa escuadra. Y cuando le salieron los dientes parecía la boca de un pescado. La madre alcanzó a encomendarlo a la Virgen del Carmen en la capillita y unos días después se murió de septicemia. Por eso lo crio su abuela, la Yaya, que no se ahorró rigores con el tumbadito. Sí, porque no era muy rápido de la mollera. Y hablaba solo. En la escuela no tuvo amigos. Se burlaban para disimular el miedo que les daba.
Como con todo por estos pagos, nadie conoce de qué forma empezaron a manifestarse los poderes, pero cada uno le agregaba algo de su cosecha. La versión con más consenso es que, una vez, la Yaya lo mandó a sacar una gallina muerta del gallinero y, cuando el muchachito le habló antes de tirarla a la perrada, la gallina resucitó. También saben cuentear que mateando bajo la parra, de repente preguntó quién era Julliard. Una tía arriesgó que era un finado, compinche de su marido. “Lo está llamando”, comentó babeándose. Y el tío Lito se murió en un par de días. En otra ocasión anunció: “alguien de Cruz del Eje está nombrando a la Malala”. Y la vecina, nacida en Córdoba, no pasó de la noche. A partir de ahí, todo fue una locura y en cada incoherencia anidaba una profecía. Se lo llevaron al cura, que por entonces venía una vez por mes. Los rezos y las abluciones con agua bendita resultaron inútiles.
El caso más resonante sucedió en la placita frente a la Municipalidad, donde el desdichado se hamacaba solo, mientras la Yaya parloteaba con una chica que impulsaba a su hijita. El Crispín la miró como si fuera la primera vez que veía a una mujer encinta y en su media lengua, le dijo que fuera al médico que el niño en el vientre se había muerto. La Yaya lo arreó a los coscorrones por maleducado, pero en el pueblo se armó un revuelo mayúsculo cuando la predicción resultó verdadera. La chica se allegó hasta la ciudad donde confirmaron que el corazón del feto había dejado de latir y se lo tuvieron que remover por cesárea.
Así como fueron tantos los prodigios que sería largo de enumerar, así no quita que la mayoría eran inexplicables. El famoso “no siembren que va a venir una manga de langostas” fue su consagración como milagrero. Ayudado, claro, por los chismes que echó a rodar la Yaya, que enseguida le vio la veta económica. Los que le creyeron, se salvaron. Los otros, se fundieron.
La gente empezó a visitarlo en procesiones sigilosas: parientes indagando la proximidad de herencias; amantes furtivos interesándose por la salud de esposas; señoras enfermas de gota, chacareros que habían perdido la hombría y cosas así. El Crispín respondía en su media lengua, monocorde y desapasionada, y los curaba de palabra. Despachados uno tras otro, los pacientes iban dejando algún dinerito en una caja de zapatos, como se estilaba con las brujas de la zona. La abuela pronto tomó el control y le dijo que las personas precisaban signos para creer. Si no, no lo iban a valorar. Les tenía que recetar alguna liturgia que pareciera secreta. Dar para recibir a cambio. Así era la relación con lo oculto. En una piecita llena de humedad y toda descascarada, la vieja abrió una especie de santería con toda clase de productos esotéricos y lo aleccionaba al desgraciadito quien, a fuerza de sopapos, empezó a mover las manos como si hiciera pases de magia, aprendió el yuyerío que tenía que prescribir o las velas que eran mejor para tal o cual hechizo. Por supuesto, todo bien provisto por la Yaya que le metía un mamporro por las dudas, al tiempo que repetía: “lo que no se puede comprar con plata, m’hijo; se compra con esperanza”.
El resto de los colegas empezaron a ver cómo le mermaba la feligresía y pronto se confabularon para dejarle ofrendas satánicas en la puerta. La Yaya estaba exultante: mientras más macumbas y payés hubiera, mayor era la fama lograba el tumbadito. La prosperidad rima con necesidad, recitaba la vieja por lo bajo mientras baldeaba los trabajos. Pero esos trabajos eran fuegos artificiales. Inofensivos. Improductivos. En una palabra, inservibles como inservible era el poder de los brujos del pueblo. Hasta que entraron a tallar la Chicho, la Toquito y la Que Asusta. Ahí el asunto se puso espeso.
Un remisero me contó que la medianoche anterior, las había dejado en la puerta del cementerio y después las pasó a buscar como a las dos de la madrugada. Las Tres Gracias iban cargada de bolsos y según este muchacho, escuchó que una gallina cacareaba adentro de una bolsa de arpillera, hasta que la hicieron callar de una patada. Tan traspasado por el miedo iba que ni se animaba a mirarlas por el espejito retrovisor. Las viejas se bajaron unos metros antes de la entrada y se ayudaron a meterse por donde empieza el alambrado, manotearon el bolserío y se perdieron en la oscuridad del camposanto.
Con esa vocación por agrandar todo, mucho no le creí. Hasta que una tardecita apareció el Saturnino Céspedes en el club social. Era el borrachín del pueblo y autodesignado cuidador del cementerio. Sepulturero también, de ser necesario. Era frecuente que se dejara ver a esa hora para ganarse un trago a cambio de alguna anécdota insólita. Por supuesto que no era digno de crédito alguno, pero yo paré la oreja cuando contó que los brujos lo tenían patilludo. Siempre aparecía alguna macumba. Estaba acostumbrado a las chapucerías para malograr un empleo, provocar una enfermedad o la ruptura matrimonial, amarres y esas cosas. Pero lo que encontró esa mañana lo hizo renegar más de la cuenta. Encima, machacaba una y otra vez, era un trabajo de magia negra. Un ritual para hacer el mal como nunca había visto antes. En una caja había tierra de los sepulcros; huesos; maíces quemados; unas velas derretidas; otras cosas que desconocía; un corazón de vaca perforado con tres calvos y la cabeza degollada de dos gallinas. Y sangre, mucha sangre. Para completar, dentro de unos frascos de vidrio, había una foto de la Yaya y otra del Crispín, cada frasco con una carta manuscrita.
La concurrencia le empezó a tomar el pelo, medio porque era costumbre, medio porque se habían asustado. Había algo en el cuento que erizaba la piel. El sepulturero se enojó y nos enseñó una de las cartas. Los muchachos me pasaron el papel astroso y con manchas de grasa. La mala letra y los horrores de ortografía no me dejaron leer mucho, pero estaba claro que era un reclamo para el mismísimo Satanás, exigiendo la muerte del tumbadito y su abuela, como indemnización por tantos años de fidelidad y servicio. Terminé de deletrear y levanté la vista porque se había hecho un silencio seco. Ese silencio que surge frente a lo aterrador. Todos nos levantamos y nos fuimos. Éramos animales heridos buscando la guarida. El Saturnino se quedó protestando al viento, mientras reclamaba su ginebra.
Con los días se nos fue pasando el recelo. Y ya algunos nos animábamos a costearnos hasta el club social. Ahí estábamos cuando el bocina de siempre avisó que se había muerto la Yaya. Con una alegría morbosa arriesgó que se habría quedado seca de golpe porque, cuando llegaron los de Defensa Civil, la encontraron con los ojos muy abiertos y una mueca insana.
Uno hubiera pensado que el velorio iba a ser una romería. Pero muy pocos nos aventuramos. Así de ingrata es la gente. Los de la cochería no habían podido sacarle la mueca de espanto.
Que una persona mayor se muera no debe causar extrañeza. Pero mientras la miraba parecía que se iba arrugando el clavel que tenía sobre el pecho. No tendría que haber dicho nada, por más que en mi cabeza galopaban las historias del remisero y el cuidador del cementerio: las dos se completaban como un rompecabezas. No pude con mi genio y me acerqué al niño monstruo, que parecía otra persona.
-Ya sé, Suárez – me atajó – no hace falta que me cuente nada. Ella ya me anotició.
Especulé que quizás la abuela le habría anticipado que estaba enferma o algo así. También pensé que era otra de sus curiosidades, pero como se desató una de esas inesperadas tormentas de verano me fui y lo dejé al lado de difunta y su contorsión, cada vez más atroz. El doble huérfano hablaba solo. Me sonó que hasta hablaba mejor.
Los que lo vieron pasar, cuentan que se fue hasta el rancho de las Tres Gracias y se quedó parado bajo la lluvia. No se movió por más que el temporal se iba embraveciendo. Las viejas se habrán advertido de su visita porque se oía un cuchicheo. Algunos dicen que era como una oración, otros que era más como una canción. Todos coinciden en que eran bien audibles las invocaciones a Satanás, Lucifer, Belcebú. No me imagino qué habrán podido pescar con semejantes truenos. Ahí justo llegué yo, que lo andaba buscando para prevenirlo.
El niño monstruo movió el brazo, haciendo un arco por sobre la cabeza. El cielo dejó de retumbar y entonces gritó, más bien diría que ordenó: -¡Salgan! ¡Acá estamos!
Chirrió la puerta del rancho y se fueron haciendo ver, una a una. La Chicho llevaba una caña larga, rematada por una estrella de cinco puntas, patas arriba. Mientras canturreaba, marcaba el ritmo con la caña en la tierra. Los golpes sonaban como un tambor doblando a duelo. La Toquito traía una gallina y acompañaba la salmodia. Y a La Que Asusta, que estaba callada, le plateaba una cuchilla en la mano. Torció la cabeza como los perros cuando no entienden algo. Pegó un alarido y de un saque le cortó limpito el pescuezo a la gallina. La Toquito avanzó unos pasos y regó con sangre al Crispín. El muchacho ni se movió. Se pasó la mano por la cara embadurnada y después le dio una lamida golosa. Y se rio con una carcajada con más de loco que los locos del Don Orione. Cómo será que hasta la vieja retrocedió. Las miró, con detenimiento. Una mirada tan profunda y despojada que las viejas soltaron todo lo que tenían y se tomaron el pecho. Después, el niño monstruo se encogió de hombros, levantó la mano, juntando tres dedos y les apuntó. Debería ser al revés, pero primero se sintió un gran trueno y después vino el relámpago.
Un ventarrón me dio vueltas el paraguas y cuando volví a mirar, me descompuse frente a los tres montoncitos de cenizas. Tres conos grises se apilaban donde las brujas se habían parado. Entre el viento y la lluvia, pronto quedó nada. Hasta en los noticieros de Buenos Aires se hablaba del extraño caso de las tres mujeres fulminadas por un rayo. Ningún inusual fenómeno meteorológico. Yo bien sabía que fue otra cosa.
Para no incomodar, el Crispín se mudó a un ranchito atrás del Cementerio. El chismerío dijo que era porque allí las voces del Demonio eran más audibles. Otra habladuría. Una vez que lo encontré me dijo que era para estar cerca de Ella. No hizo falta preguntar. Se conoce que quería explicarse. La había entrevisto al momento de nacer, mas no la recordaba. La descubrió en el bosquecito de eucaliptus, junto a la Estación de Trenes, una siesta que buscaba refugio para sus miserias. Al principio temió un engaño de las lágrimas. Pronto supo que no estaba soñando. De alguna manera se percató de que la presencia era quien lo acompañaba desde la monstruosa caminata por el Valle de las Sombras. El paisaje se enlenteció y las sensaciones se unificaron. Perdió la noción de identidad y se entregó a una alucinación de abandono y pertenencia a la vez. Un contorno femenino que era rama y viento, susurro y fronda; una sombra ondulante que era todas las cosas, lo inició en lo prodigioso y lo abominable. Pudo oír las voces del firmamento y el latir la tierra. Pudo evocar la memoria de los muertos.
Jornada tras jornada, la Dama Negra le dictó el trasegar de los diversos mundos y le prometió prodigios mayores. En el pueblo lo llamaban Crispín Espósito, el niño monstruo. Muchos lo recuerdan como un fraude.

Biografía Pablo Martínez Burkett Nació alguna vez y en algún lugar. Es abogado de profesión. Nunca colgó ni uno de los títulos de posgrado que fue acumulando ni se jacta de la vida académica que ha desplegado durante más de 30 años. Dio clases en medio continente. Tiene un Master en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca. Hizo una tracalada de cosas. Tiene premios en concursos que ya no se acuerda. Escribió para la radio, revistas, blogs, listas de supermercado y diarios íntimos. Dirige ciclos de lectura, dicta seminarios, talleres y se las da de charlista profesional. Le publicaron los libros: "Forjador de penumbras" (2011), "Los ojos de la divinidad" (2013), "Mondo Cane" (2016), "Luz azuL" (2020) que salió en Bolivia, El banquete de Tántalo (2022) y La ciudad que no duerme (2023). Se mal entretiene jugando con una realidad oscilante. Y se especializa en aterrorizar a la gente. Pregona el dulce sabor del miedo. Podés encontrarlo en las redes sociales y también en su sitio web www.pablomburkett.com.ar
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